domingo, 23 de enero de 2011

PRENSA. NARRATIVA. "Las huellas del esquivo Salinger", por Daniel Verdú

Salinger

   En "El País Semanal":
Las huellas del esquivo Salinger

DANIEL VERDÚ 23/01/2011

Inquietante. Huraño. Escurridizo. Un escritor genial. El éxito inesperado llevó a J. D. Salinger a emprender una permanente huida hasta el final de sus días. Una biografía explora un año después de su muerte el rastro de su borrosa y mística existencia.

   Cuando el 7 de mayo de 1951 subió a bordo del Queen Elizabeth, J. D. Salinger comenzó una huida hacia sí mismo que no haría más que aumentar hasta el día de su muerte. Aquella mañana partió hacia Inglaterra para resguardarse durante unas semanas del escrutinio público que sufriría en Nueva York con la aparición de El guardián entre el centeno, su primera novela. Como si supiera que llegaría a vender 60 millones de ejemplares de su obra de juventud. Ese gesto definió para siempre la inquietante personalidad del genial autor, marcado profundamente por sus años de combate en la II Guerra Mundial y autodescifrado al detalle en cada una de sus contadas obras. Especialmente en la que Holden Caulfield emprendía un viaje de tres días hacia la edad adulta por las calles de Nueva York y que le convirtió en profeta de millones de lectores pero, sobre todo, en el de sus propias peripecias. Justo un año después de su muerte, Kenneth Slawenski publica en España una biografía (Galaxia Gutenberg) que explora las huellas del camino entre la borrosa y recluida existencia de Salinger y los personajes que creó.
   El primer párrafo de El guardián… ya era un aviso. "Si realmente les interesa lo que voy a contarles, probablemente lo primero que querrán saber es dónde nací y lo asquerosa que fue mi infancia y qué hacían mis padres antes de tenerme a mí y todas esas gilipolleces […]. Pero si quieren saber la verdad, no tengo ganas de hablar de eso. Primero, porque me aburre, y segundo, porque a mis padres les darían dos ataques por cabeza si les dijera algo personal acerca de ellos". Esta declaración vio la luz en 1951, pero Jerome David Salinger, o Sonny, o Jerry, dependiendo de cuando tratase de acomodarse en el incómodo traje de su biografía, hacía algún tiempo que peleaba a muerte con la contradicción de buscar un sitio al que pertenecer y la demoledora certeza de que no existiera fuera de su obra.
   Y como él anunciaba, quizá no sea ese tipo de datos autobiográficos lo que más interese. Qué demonios importa ya si tuvo una hermana, si nació en Nueva York en 1919, que se casara tres veces o que un día fuera animador en un crucero. Qué más dará ya si nunca estudió mecanografía o si pasó por una academia militar donde compuso la canción que todavía cantan los cadetes cuando se gradúan. El asunto es por qué decidió un día esconderse y sumergirse en un desprecio absoluto hacia un mundo que le adoraba.
   La historia de Salinger es un relato de frustración ininterrumpida. Su primer noviazgo, el que mantuvo con Oona O'Neill, hija del dramaturgo Eugene O'Neill, sirvió para componer el germen melancólico de El guardián… a través del relato corto Slight rebellion off Madison (el primero de los nueve sobre la familia Caulfield y que tras cinco años de obsesión y ninguneos publicó The New Yorker). Narraba la cita con la frívola y atractiva Sally Hayes (vivo retrato de Oona), con la que consumía una tarde sobre la pista de hielo de Radio City, borracho y enumerando lo que más odiaba. Salinger, como su protagonista, nunca estuvo enamorado de aquella chica, pero la decepción pública al enterarse todos de que le dejaba por el legendario Charles Chaplin le cambió el humor.
   Para Slawenski, lo que marca definitivamente la enfermiza zozobra que padeció fue su paso por la II Guerra Mundial enrolado en el 12º Regimiento de Infantería. Fue agente de contraespionaje y sargento del Estado Mayor, experiencia que incluyó el desembarco en Normandía y la entrada en el campo de concentración de Dachau: "Puedes vivir una vida entera", se lamentaba Salinger, "sin librarte del olor a la carne quemada". Pero mientras contemplaba las llamas del horror, en su zurrón militar se agitaban ya niñas con vestidos azul celeste, tiovivos o patos que se esfuman a ningún lado cuando se hielan los lagos de Central Park. Los primeros trazos de "la gran novela americana" que un día anunció que escribiría.
   Cuando volvió, como muchos, no quiso hablar una palabra sobre lo sucedido. Pero en el enigmático final de El guardián… cabe la interpretación de ese silencio: "No cuenten nunca nada a nadie. Si lo hacen, empezarán a echar de menos a todo el mundo". Una manera de extender la dedicatoria a su madre a todos los soldados muertos. El hermano pequeño fallecido de Caulfield en la novela, ese que encarna el paraíso de pureza infantil que Holden lucha equivocadamente por "agarrar", se llama Allie en honor a los hombres del bando aliado.
   A su vuelta (durante la guerra se casó con Sylvia Welter, una alemana con la que viviría solamente ocho meses de felicidad) afloró su mal carácter. Salinger se peleó con su mentor Whit Burnett, quien había publicado The Young Folks, su primer relato; se enemistó con medio gremio editorial, exigió que su foto no apareciera en la contracubierta de sus libros y acabó enfadado con sus mejores amigos (como su editor inglés James Hamilton). Al publicarse la novela, se pasó las horas deseando que desapareciese de las listas de los más vendidos.
   Cumpliendo el sueño de Holden, compró 36 hectáreas en Cornish (New Hampshire) y limpió el bosque para tener más horas de sol. Pasó ahí el resto de su vida, primero relacionándose intermitentemente con los estudiantes de la zona y luego, traicionado por una joven que publicó una entrevista que iba a ser solo un trabajo escolar, encerrado con Claire, su nueva esposa y los dos hijos que tendría con ella. Holden había vuelto a profetizar sobre la vida de su creador: "No hay forma de dar con un sitio bonito y tranquilo porque no existe. Puedes creer que existe, pero una vez que llegas ahí, cuando no estás mirando, alguien se cuela y escribe 'que te jodan' delante de tus narices". Pero ya nunca se movió de ahí más que para sus escapadas a las oficinas de The New Yorker.
   Ni siquiera Jackie Kennedy, que llamó una tarde a casa de los Salinger para invitarles a cenar a la Casa Blanca, logró sacarle de su refugio. Pese a la ilusión de su mujer y lo que significaba despreciar la invitación, él se negó. Aquel evento hubiera sido una celebración del ego que no permitía la doctrina budista zen que abrazaba con devoción. Compaginar la producción de arte y los beneficios que acarreaba ya era imposible, aunque fueran meros aplausos.
   Salinger decidió que el arte y la espiritualidad van unidos. Vivió obsesionado con El evangelio según Sri Ramakrishna, aprendió el Vedanta y la meditación. Los relatos que escribió luego, los de la familia Glass, estuvieron empapados de un misticismo que muchos asociaron a una enajenación. Nunca más desde Nueve cuentos hizo ninguna publicidad, nota biográfica o fotografía del autor. En el texto que incluyó en la publicación de Franny y Zooey decía: "Mi opinión, un tanto subversiva, es que los sentimientos de anonimato y oscuridad del escritor son la segunda propiedad más valiosa que tiene a su cargo durante sus años de trabajo". A las dos únicas personas que respetaba eran el director de The New Yorker, William Shawn, y el juez del Tribunal Supremo y vecino, Learned Hand. Como Holden con sus dos hermanos, así de limitado tenía que ser el club que distinguía a los iluminados de los ignorantes.
   Los años siguientes los pasó escribiendo en el búnker que construyó en el jardín de su casa y en 1965 publicó su último texto: Hapworth 16, 1924. Durante años se negó a que Spielberg, Elia Kazan o Billy Wilder llevasen El guardián al cine; su respuesta era: "Lo siento, a Holden no le gustaría". Y a causa de ese sentido de propiedad que albergó sobre sus personajes, se enzarzó en largos procesos legales que sentaron jurisprudencia sobre derechos de autor en EE UU, pero en los que fue consumiendo sus nervios. Las amenazas que recibió de desequilibrados y la interpretación que algunos tarados hicieron de su obra terminaron de alejarle del mundo. El 8 de diciembre de 1980, Mark David Chapman disparó a quemarropa cinco balas de punta hueca contra John Lennon. Después se sentó en el bordillo de la acera y se puso a leer El guardián entre el centeno. El asesino había seguido todos los pasos de Holden Caulfield. Incluso le había preguntado a un policía adónde iban los patos en invierno.
   Pero si hay una cosa en su obra que choca frontalmente con su biografía, es una de las afirmaciones de Holden en El guardián: "Los libros que de verdad me vuelven loco son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera amigo tuyo y pudieras llamarle por teléfono cuando quisieras". Nada más lejos de lo que él permitió al mundo.

   'J. D. Salinger. Una vida oculta', de Kenneth Slawenski, está publicado por Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores.

viernes, 14 de enero de 2011

POESÍA. BAUDELAIRE. "Las flores del mal" (fragmentos jurídicos en contra y a favor del libro)

Charles Baudelaire
  
   En 1857, Baudelaire fue llevado a jucio por Las flores del mal. A continuación leemos un fragmento de uno de los "considerandos":

   Considerando que la intención del poeta, en el fin que ha perseguido y en el camino que ha seguido, pese a sus esfuerzos estilísticos y a las condenas que preceden o siguen sus descripciones, no elimina el efecto nefasto de los cuadros que ofrece al lector, efecto que, en los poemas denunciados, tiende a excitar los sentidos mediante un realismo grosero y ofensivo para el pudor...

"Un siglo después, el Tribunal Supremo revisó el proceso y argumentó":

   Baudelaire quería escribir las miserias de la vida humana, sin ningún convencionalismo de estilo. Con la lengua sonora y rítmica hizo manifiesta su maestría y, sin velos ni disfraces, trató de comunicar su mensaje con todas las taras, todos los vicios, todo el horror, y también todas las bellezas. Y para conseguirlo, no se arredra ante las palabras. Si determinados poemas de Baudelaire tienen carácter erótico, supo evitar las palabras vulgares y malsonantes; no tenemos los nervios tan a flor de piel como nuestros antepasados. Incluso hemos podido digerir las proezas del amante jardinero de Lady Chatterley. Conviene por tanto borrar una condena...

   Fragmentos de la edición de Las flores del mal de la editorial Cátedra. Letras Universales.

jueves, 13 de enero de 2011

POESÍA. CHARLES BAUDELAIRE. Teoría

Charles Baudelaire
1. El spleen o 'el tedio de vivir'
   El spleen es una angustiosa melancolía devastadora que paraliza la voluntad, asfixia el alma, embota los sentidos y ahoga los deseos de superarse, de crecer. No es la manifestación de tristeza por un motivo concreto sino más bien la enfermedad característica del ocioso sensible y lúcido, el 'tedio de vivir' del que habla Valéry, que se manifiesta en el individuo exento de una obligación laboral sometida a un horario por la necesidad de asegurarse la supervivencia; de ahí su carácter crónico, y el hecho de ser un sentimiento aristocrático; cuando todo se vuele insípido y toda distracción pierde su aliciente, cuando la disposición ante el único encanto verdadero de la vida, el juego, es la inerte indiferencia ante la posibilidad, eso es el spleen. Desde las profundidades de semejante sentimiento la alegría banal del hombre común, del vulgar de los mortales, resulta irritante y provoca una suerte de desprecio hacia esa felicidad trivial.
   Los nuevos bohemios parisienses de la metrópolis decimonónica sobreviven intoxicados por esa bilis negra causante de la depresión y la tristeza. Inmersos en esa masa urbana anónima y despersonalizada, bajo el peso del aburrimiento y para quienes la excesiva alegría es un símbolo de frívola vulgaridad, "son los antepasados, por línea directa, de los existencialistas franceses de la posguerra, y, en cuanto tales, ya sufren los efectos de la modernidad: el tedio, la náusea, la incomunicación, la soledad, el ser para la muerte, la existencia sin sentido, la ausencia de esperanzas, el absurdo y la angustia" . Ante este cuadro el horror cobra reveladora significación porque implica una sacudida que, como una descarga eléctrica, logra poner en movimiento inesperadamente al cuerpo y alma inmovilizados trillando la tristeza en destellos de angustia amainando el dolor.
   Sin embargo el spleen se manifiesta a los ojos de Baudelaire como una toma de conciencia de la condición humana porque en el estado emocional de dolor se agudiza la lucidez que le permite captar la imposibilidad de ser feliz: ser radicalmente insatisfecho, sin perspectivas, condenado a una decadencia progresiva que culminará con la muerte. Y este dolor es, además, creciente con el tiempo pues la belleza se marchita, la capacidad de esfuerzo disminuye, la inteligencia se obnubila y la lucidez decrece.
   Nada definitivo puede hacerse contra el carácter irreversible del tiempo, idea obsesionante para el poeta, al punto de esbozar la idea de que si existiera el paraíso éste no podría consistir sino en una vuelta hacia atrás en el tiempo, en un reencuentro con los seres queridos que han muerto, en un retorno a la inocencia de la infancia. El cielo es la vuelta al pasado, el rejuvenecimiento imposible.
   Ante esta coyuntura los medios que dispone el poeta para luchar contra la irreversibilidad del tiempo y en el intento de recuperar el paraíso del que nos arrojó su transcurrir, son por un lado el evocar los aromas impresos en la memoria, rememorar los perfumes de los cabellos, del cuerpo de la amada marcados a fuego en la fibra íntima de su ser, pero también de los objetos y lugares, intención que va mucho mas allá de un simple fetichismo de los olores.
   Y por otro lado el crear poesía, una suerte de brujería que permite eternizar lo que describe, que redime lo que toca al espiritualizarlo en el trabajo constante del autor de ajustar la realidad a las exigencias de la rima y la métrica. Y como nada debe quedar fuera del paraíso, la labor del poeta es ilimitada: la miseria, la muerte, el crimen, el horror, la marginalidad, en fin, la diversidad de aspectos que revelan la condición humana deben ser salvados de la vacuidad del tiempo en una labor que vivifica, vigoriza y rejuvenece.
   Sin embargo Baudelaire sabe que, pese a todo, la empresa está condenada al fracaso: "el Tiempo se come la vida y el oscuro Enemigo que nos roe el corazón crece y se fortalece con la sangre que perdemos": la poesía, como el resto de los paraísos artificiales, sólo logra sumir al sujeto en un estado de embriaguez en el que el transcurrir del tiempo resulta menos doloroso, más llevadero.
2.
   Baudelaire está considerado como uno de los más grandes poetas del siglo XIX, por la originalidad de su concepción y la perfección de la forma. Es sin duda el poeta de la modernidad francesa. Más que ningún otro de su tiempo, representa al poeta de la civilización urbana contemporánea.
   Con él la poesía empieza a liberarse de las ataduras tradicionales y despliega nuevos conceptos de creación poética, iniciando una fase diferente, que llega hasta nuestros días.
   La originalidad de Baudelaire le hace merecedor de un lugar al margen de las escuelas literarias dominantes en su época, ya que es él quien inicia el abandono de las formas poéticas hasta entonces predominantes. En particular, rompe la diferencia entre la poesía y la prosa con sus "Pequeños poemas en prosa", verdadera revolución en las formas líricas que ni siquiera Verlaine ni Rimbaud supieron valorar.
   Baudelaire reacciona contra el Romanticismo. Él no admite la inspiración, ni la imaginación, ni la improvisación. En este aspecto, como en otros, es un clasicista. La poesía es un ejercicio, un esfuerzo, un trabajo sistemático, equivalente al de un paciente artesano volcado permanentemente en pulir sus versos. Su obra es un esfuerzo por desembarazar la poesía de todo ornamento vano y una proyección para alcanzar el ideal de la pureza poética, prestando especial atención a la métrica y a los aspectos formales. Poseía un sentido clásico de la forma, una extraordinaria habilidad para encontrar la palabra perfecta y un gran talento musical.
   La obra de Baudelaire ha dejado un aporte positivo, paradigma de verdad poética, de selección estética, de culto de la expresión simbólica, y de rigurosa elaboración de la palabra en cuanto vehículo depurado de la expresión literaria, que equivale a superación de la dicción elocuente y retórica.
   El poeta parisino representa la reivindicación lírica de la palabra, una técnica depurada en la elaboración de las imágenes y el rigor estético de la composición que habría de tener una proyección futura incalculable.
   Un contenido de nueva creación y de angustiosa originalidad emergía de los poemas de Baudelaire, palpitantes de tragedia íntima y de nuevos acercamientos a la vida. El poeta pule un nuevo universo lírico, la sinestesia, una combinación de imágenes y sensaciones desajustadas de su normal producción en la naturaleza. La audición coloreada, la visualidad audible o multitud de otras combinaciones de sensaciones provenientes de todos los sentidos, se reunían, como diría el propio Baudelaire, en "una metamorfosis mística de todos mis sentidos fundidos en uno solo".
   Una nueva concepción de la palabra se inaugura entonces. Si para el lenguaje común la palabra sigue siendo expresión de la cosa o de la idea, en el poeta ese valor de significación se transforma en un valor sugerencial, gracias al juego de combinaciones que el arte hace posible con sonidos y sensaciones inesperadas que brotan de las palabras. Todo ello pudo ser vislumbrado por los grandes exponentes de la poesía anterior, pero sólo empieza a adquirir una sugestiva formulación y un culto intensivo a partir de Baudelaire. Por ello podría afirmarse que hemos llegado a la apertura de una nueva compuerta de realizaciones artísticas que significarán a la larga la transformación de la poesía. A partir de Baudelaire ya no se hablará más del poeta sino de la poesía misma. Es una estética dominada por el esencialismo, la concepción de un arte literario depurado de prosaísmos y estímulos de circunstancias extrañas a la función creadora.
   Su gusto por la sinestesia también proviene del misticismo, el ocultismo y el sincretismo. Las sensaciones nos revelan lo oculto. La unidad de la naturaleza se demuestra en que a cada olor le corresponde un sonido y un color. El soneto "Correspondencias" contiene toda la teoría sinestésica que, aunque inconscientemente practicada por los grandes exponentes de la poesía universal, van a desarrollar los parnasianos y simbolistas de la segunda mitad del XIX.
   No cabe duda de que Baudelaire escribió algunos de los poemas más sugestivos de la literatura francesa, hasta el punto de que algunos, como "Correspondencias", contenían un mensaje de estética renovadora que habrían de asimilar los poetas parnasianos y simbolistas. El famoso soneto de "Las vocales" de Arthur Rimbaud y las formulaciones estéticas y técnicas de Mallarmé, el promotor de toda la nueva poesía hasta nuestro tiempo, tomaron su raíz en la teoría de la imagen poética esbozada por Baudelaire.
3.
   Baudelaire abrió nuevos filones para la poesía. Descubrió materias hasta entonces vedadas en el arte, la ciudad, la bohemia y el hastío, temas hasta entonces ocultos, silenciados, lo que le valió la censura académica.
   Ese descubrimiento radicaba en que hasta entonces la poesía se había centrado en lo bello (sólo de lo bello podía brotar belleza) mientras él pretendió demostrar que también lo feo tenía relación con la estética.
   Si para los románticos la belleza era tomada de la naturaleza, para Baudelaire el arte supera a la naturaleza porque en él "queda transformada por la imaginación donde es corregida, embellecida, refundida". Mientras el romanticismo exaltaba la naturaleza salvaje, Baudelaire habla en ocasiones de elementos de la naturaleza sólo como imágenes y símbolos de otro tipo de realidades de tipo espiritual.
   Su auténtica fuente de inspiración es la ciudad, sus calles ("laberintos de piedra"), sus habitantes anónimos, sus miserias humanas, sus placeres y sus sueños. De la ciudad se interesa por las viviendas, por las habitaciones, los muebles, las cortinas y la decoración interior.
   Baudelaire retrata la vida y las cosas cotidianas de la ciudad de una manera cruda y descarnada. Vivir en la ciudad es como estar en el centro del mundo y ser invisible al mismo tiempo. París aparece como una ciudad abstracta: no describe lugares concretos, ni fechas, ni nombres de personas. Todo es anónimo, cualquiera es una viuda solitaria o, lo que es lo mismo, todos somos como viudas solitarias. La ciudad es el punto de encuentro entre la multitud y la soledad: "Quien no sabe poblar su soledad tampoco sabe estar solo en medio de una atareada multitud".
   De Poe toma Baudelaire el culto de la noche y, en definitiva, el gusto por lo decadente, por la estética enfermiza. El poeta parisino descubre en el desierto de la gran ciudad una belleza decrépita. Para él la ciudad es hospital, purgatorio, celda, infierno y prostíbulo; la gran ramera "donde todo lo atroz como una flor florece" ("Epílogo a Pequeños Poemas en Prosa"). La belleza es desgraciada y el mejor ejemplo de belleza viril es Satán. Las cortesanas y bandidos también proporcionan placer, aunque el profano ordinario no los sepa apreciar.
   El individuo de Baudelaire es un sujeto divido entre Satanás y Dios, atraído con idéntica fuerza por lo divino y lo diabólico, y de esta naturaleza derivan sus experiencias más sublimes y más sórdidas. En lugar de escindir las relaciones entre el amor y el mal, en él aparecían mezclados, lo que la moral burguesa no podía admitir.
   El hombre sólo es él mismo en el punto extremo de máxima tensión entre el bien y el mal. El poeta desgarrado por esa contradicción busca la unidad a través de la analogía. La naturaleza es un crucigrama que debemos descifrar, un jeroglífico a desvelar. La labor del artista no es diferente de la del traductor. Su sincretismo pone en primer plano las relaciones entre los objetos. El lenguaje poético debe ser capaz de enlazar ese "bosque de símbolos". Las percepciones pueden llevarnos a penetrar en lo oculto.
   Baudelaire sentía fascinación por el tema del pecado original y de la redención por el trabajo, el sacrificio y la oración, así como su horror hacia faltas como la apatía, la dejadez, la relajación de las costumbres.
   De Edgar Allan Poe toma el fatalismo, otro de los rasgos de la modernidad, y el sentido de irreversibilidad del destino. Pero no sólo por Poe: en realidad Baudelaire nació en una época marcada por el pensamiento determinista y positivista. El dandismo precisamente es una reacción ante ello, una búsqueda del dominio sobre sí mismo.
Baudelaire, por Courbet
4.
RAFAEL ARGULLOL:
 Pero ahí está muy claro el caso de Baudelaire. Las monjas que atendían la residencia u hospital donde murió Baudelaire fumigaron la habitación porque había muerto alguien verdaderamente vinculado con un lado maligno. Pero yo después de, cuando era muy joven, de tener una primera lectura de Baudelaire en la que me magnetizó mucho por su estética transgresora, con el tiempo he hecho una lectura de Baudelaire como un auténtico campeón de la bondad, como un campeón del bien. Si uno lee con atención las obras de Baudelaire se encontrará que en ellas hay una ética del bien disfrazada de ética del mal; una estética del bien disfrazada de flores del mal; y finalmente una metafísica del bien presentada como una gran ontología maligna. Pero es el caso contrario, y Baudelaire es la culminación de la fascinación romántica. Es la presentación de la máscara del mal por una especie de obsesión por la bondad, por conseguir el bien, pero un bien que va más allá de moralismos. No el bien sometido al juicio moral ajeno, sino el bien más allá de moralismos.
Fuente de este último texto: BLOG DE RAFAEL ARGULLOL

martes, 28 de diciembre de 2010

WERTHER. Teoría

   Estudiar sólo lo concerniente al Werther.
                                                    Fuente: departamento de Lengua del IES "Avempace"

lunes, 22 de noviembre de 2010

"ROMEO Y JULIETA". Texto para comentar: ACTO III, ESCENA II

[Julieta está esperando la llegada de Romeo. No sabe que éste ha matado a Tybalt]

ACTO III. ESCENA II

JULIETA
¡Corred veloces, caballos de pies de fuego!
(...)
¡Extiende tu negro manto, oh noche protectora
del amor! ¡Y tú, sol, cierra tus ojos ya!
Que Romeo venga, inadvertido, en silencio, a mis brazos.
Los amantes celebran sus amorosos ritos
con la sola luz de su belleza, pues siendo ciego
busca el amor la noche. Ven, noche oscura,
ven, matrona sabiamente enlutada,
y enséñame a perder un fácil juego,
ése que juegan dos virginidades inocentes.
Cubre la sangre indómita que arde en mis mejillas
con manto de tinieblas, hasta que el tímido amor
se decida, y amar no sea sino pura inocencia.
Ven, noche; ven, Romeo; ven tú, día de la noche.
Tú que yaces sobre alas nocturnas, y en ellas
más blanco apareces que la nieve sobre el cuervo.
¡Ven, dulce noche, amor de negro rostro!
Dame a mi Romeo y, cuando muera, tómalo,
y haz de sus pedazos estrellas diminutas
que iluminen el rostro del Cielo, de tal forma
que el mundo entero ame la noche,
y nadie rendirá tributo al sol radiante.
Oh, dueña soy ya del palacio del Amor
y aún no lo poseo. Vendida fui ya
y aún no me gozan, Pesa tanto este día
como la víspera de fiesta al impaciente niño
que tiene ropa nueva, pero no le permiten
llegar a usarla...

"ROMEO Y JULIETA". Texto para comentar: ACTO II, ESCENA III

Acto II, Escena III:
[Romeo va a visitar a fray Lorenzo para que lo case con Julieta; éste se extraña de que haya ya olvidado a Rosalina]

FRAY LORENZO
Oh, san Francisco bendito, el cambio es grande.
¿Y qué hay de Rosalina, ésa que tanto amabas?
¿Ya la olvidaste? El amor de los jóvenes
no habita el corazón sino los ojos.
¡Jesús, María! Cuánto y cuán copioso fue el llanto
por Rosalina, y cómo lavó tus pálidas mejillas.
¡Cuánta agua salada vertida inútilmente
para sazonar un amor que ya no sabe a nada!
El sol aún no ha limpiado el cielo de suspiros.
En mi gastado oído aún resuenan tus antiguos lamentos.
Contemplo en tus mejillas las antiguas señales
de una lágrima que aún no se ha secado.
Si alguna vez fuiste tú mismo, si los suspiros eran tuyos,
tú y tus suspiros erais para Rosalina.
¡Y ahora has cambiado! Repite esta sentencia:
"Jamás sucumbe la mujer si no sucumbe el hombre!".

CUESTIONES.
1. Tema y relación con el resto de la obra.
2. Recursos formales. [No olvidéis que sólo son los fundamentales y que es necesario decir para qué sirven, es decir, su función].
3. Comentario crítico y relación con algunos temas de la actualidad. [Tened en cuenta que hacéis una valoración de las ideas fundamentales; buscad aquellas que podáis relacionar con la actualidad, con vuestra actualidad, con la realidad, con vuestra realidad, con vuestra experiencia].

lunes, 1 de noviembre de 2010

TEATRO. "Romeo y Julieta", de Shakespeare. Texto para comentar

ACTO I

BENVOLIO
Buenos días, primo.


ROMEO
¿Ya es tan de mañana?


BENVOLIO
Las nueve ya han dado.


ROMEO
¡Ah! Las horas tristes se alargan.
¿Era mi padre quien se fue tan deprisa?


BENVOLIO
Sí. ¿Qué tristeza alarga las horas de Romeo?


ROMEO
No tener lo que, al tenerlo, las abrevia.


BENVOLIO
¿Enamorado?


ROMEO
Cansado.


BENVOLIO
¿De amar?


ROMEO
De no ser correspondido por mi amada.


BENVOLIO
¡Ah! ¿Por qué el amor, de presencia gentil,
es tan duro y tiránico en sus obras?


ROMEO
¡Ah! ¿Por qué el amor, con la venda en los ojos,
puede, siendo ciego imponer sus antojos?
¿Dónde comemos? ¡Ah! ¿Qué pelea ha habido?
No me lo digas, que ya lo sé todo.
Tumulto de odio, pero más de amor.
¡Ah, amor combativo! ¡Ah, odio amoroso!
¡Ah, todo, creado de la nada!
¡Ah, grave levedad, seria vanidad, caos deforme
de formas hermosas, pluma de plomo,
humo radiante, fuego glacial, salud enfermiza,
sueño desvelado, que no es lo que es!
Yo siento este amor sin sentir nada en él.
¿No te ríes?


BENVOLIO
No, primo; más bien lloro.


ROMEO
¿Por qué, noble alma?


BENVOLIO
Porque en tu alma hay dolor.


ROMEO
Así es el pecado del amor:
mi propio pesar, que tanto me angustia,
tú ahora lo agrandas, puesto que lo turbas
con el tuyo propio. Ese amor que muestras
añade congoja a la que me supera.
El amor es humo, soplo de suspiros:
se esfuma, y es fuego en ojos que aman;
refrénalo, y crece como un mar de lágrimas.
¿Qué cosa es, si no? Locura juiciosa,
amargor que asfixia, dulzor que conforta.
Adiós, primo mío.


BENVOLIO
Voy contigo, espera;
injusto serás si ahora me dejas.


ROMEO
¡Bah! Yo no estoy aquí, y me hallo perdido.
Romeo no es este: está en otro sitio.


BENVOLIO
Habla en serio y dime quién es la que amas.


ROMEO
¡Ah! ¿Quieres oírme gemir?


BENVOLIO
¿Gemir? No: quiero que digas en serio quién es.


ROMEO
Pídele al enfermo que haga testamento;
para quien tanto lo está, es un mal momento.
En serio, primo, amo a una mujer.


BENVOLIO
Por ahí apuntaba yo cuando supe que amabas.


ROMEO
¡Buen tirador! Y la que amo es hermosa.


BENVOLIO
Si el blanco es hermoso, antes se acierta.


ROMEO
Ahí has fallado: Cupido no la alcanza
con sus flechas; es prudente cual Diana:
su casta coraza la protege tanto
que del niño Amor no la hechiza el arco.
No puede asediarla el discurso amoroso,
ni cede al ataque de ojos que asaltan,
ni recoge el oro que tienta hasta a un santo.
En belleza es rica y su sola pobreza.
está en que, a su muerte, muere su riqueza.


BENVOLIO
¿Así que ha jurado vivir siempre casta?


ROMEO
Sí, y con ese ahorro todo lo malgasta:
matando lo bello por severidad
priva de hermosura a la posteridad.
Al ser tan prudente con esa belleza
no merece el cielo, pues me desespera.
No amar ha jurado, y su juramento
a quien te lo cuenta le hace vivir muerto.


BENVOLIO
Hazme caso y no pienses más en ella.


ROMEO
Enséñame a olvidar.


BENVOLIO
Deja en libertad a tus ojos:
contempla otras bellezas.


ROMEO
Así estimaré la suya en mucho más.
Esas máscaras negras que acarician
el rostro de las bellas nos traen al recuerdo
la belleza que ocultan. Quien ciego ha quedado
no olvida el tesoro que sus ojos perdieron.
Muéstrame una dama que sea muy bella.
¿Qué hace su hermosura sino recordarme
a la que supera su belleza?
Enseñarme a olvidar no puedes. Adiós.

TEATRO. "Romeo y Julieta", de Shakespeare. Texto para comentar

ACTO I

PRÍNCIPE

¡Súbditos rebeldes, enemigos de la paz,
que profanáis el acero con sangre hermana!
¿No me escucháis? - ¡Vosotros, hombres, bestias,
que apagáis el ardor de vuestra cólera
con chorros de púrpura, que os salen de las venas!
¡Bajo pena de tormento, arrojad de las manos sangrientas esas mal templadas armas
y oíd la decisión de vuestro Príncipe!:
Tres refriegas, que, por una palabra de nada,
vos causasteis, Capuleto, y vos, Montesco,
tres veces perturbaron la quietud de nuestras calles
e hicieron que los viejos de Verona
prescindiesen de su grave indumentaria
y con viejas manos empuñasen viejas armas,
corroídas en la paz, por apartaros
del odio que os corroe. Si causáis
otro disturbio, vuestra vida será el precio.
Por esta vez, que todos se dispersen.
Vos, Capuleto, habréis de acompañarme.
Montesco, venid esta tarde a Villa Franca,
mi Palacio de Justicia, a conocer
mis restantes decisiones sobre el caso.
¡Una vez más, bajo pena de muerte, dispersaos!

miércoles, 13 de octubre de 2010

EL "DECAMERÓN". TEORÍA. "Boccaccio y la comedia humana", por Fernando Savater

   En este artículo (Boccaccio y la comedia humana), el filósofo Fernando Savater, realiza una incursión en la vida del narrador italiano y en su obra principal, el Decamerón.
    Puedes sacar las ideas más importantes.

miércoles, 6 de octubre de 2010

EL "DECAMERÓN", de Boccaccio. Jornada quinta, Novela octava

Uno de los cuadros de Botticelli, que ilustra la historia de Boccaccio

NOVELA OCTAVA

Nastagio de los Onesti, amando a una de los Traversari, gasta sus riquezas sin ser amado, se va, importunado por los suyos, a Chiassi, allí ve a un caballero perseguir a una joven y matarla, y ser devorada por dos perros, invita a sus parientes y a la mujer amada a almorzar donde está él, la cual ve despedazar a esta misma joven, y temiendo un caso semejante, toma por marido a Nastagio.

Al callarse Laureta, así (por orden de la reina) comenzó Filomena:

Amables señoras, tal como nuestra piedad se alaba, así es castigada también nuestra crueldad por la justicia divina; para demostraros lo cual y daros materia de desecharla para siempre de vosotras, me place contaros una historia no menos lamentable que deleitosa.
En Rávena, antiquísima ciudad de Romaña, ha habido muchos nobles y ricos hombres, entre los cuales un joven llamado Nastagio de los Onesti, que por la muerte de su padre y de un tío suyo quedó riquísimo sin medida, el cual, así como ocurre a los jóvenes, estando sin mujer, se enamoró de una hija de micer Paolo Traversaro, joven mucho más noble de lo que él era, cobrando esperanza de poder inducirla a amarlo con sus obras. Las cuales, aunque grandísimas, buenas y loables fuesen, no solamente de nada le servían sino que parecía que le perjudicaban, tan cruel y arisca se mostraba la jovencita amada, tan altiva y desdeñosa (tal vez a causa de su singular hermosura o de su nobleza) que ni él ni nada que él hiciera le agradaba; la cual cosa le era tan penosa de soportar a Nastagio, que muchas veces por dolor, después de haberse lamentado, le vino el deseo de matarse; pero refrenándose, sin embargo, se propuso muchas veces dejarla por completo o, si pudiera, odiarla como ella le odiaba a él. Pero en vano tal decisión tomaba porque parecía que cuanto más le faltaba la esperanza tanto más se multiplicaba su amor.
Perseverando, pues, el joven en amar y en gastar desmesuradamente, pareció a algunos de sus amigos y parientes que él mismo y sus haberes por igual iban a consumirse; por la cual cosa muchas veces le rogaron y aconsejaron que se fuera de Rávena y a algún otro sitio durante algún tiempo se fuese a vivir, porque, haciéndolo así, haría disminuir el amor y los gastos. De este consejo muchas veces se burló Nastagio; mas, sin embargo, siendo requerido por ellos, no pudiendo decir tanto que no, dijo que lo haría, y haciendo hacer grandes preparativos, como si a Francia o a España o a algún otro lugar lejano ir quisiese, montado a caballo y acompañado por algunos de sus amigos, de Rávena salió y se fue a un lugar a unas tres millas de Rávena, que se llamaba Chiassi; y haciendo venir allí pabellones y tiendas, dijo a quienes le habían acompañado que quería quedarse allí y que ellos a Rávena se volvieran.
Quedándose aquí, pues, Nastagio, comenzó a darse la mejor vida y más magnífica que nunca nadie se dio, ahora a éstos y ahora a aquéllos invitando a cenar y a almorzar, como acostumbraba. Ahora, sucedió que un viernes, casi a la entrada de mayo, haciendo un tiempo buenísimo, y empezando él a pensar en su cruel señora, mandando a todos sus criados que solo le dejasen, para poder pensar más a su gusto, echando un pie delante de otro, pensando se quedó abstraído.
Y habiendo pasado ya casi la hora quinta del día, y habiéndose adentrado ya una media milla por el pinar, no acordándose de comer ni de ninguna otra cosa, súbitamente le pareció oír un grandísimo llanto y ayes altísimos dados por una mujer, por lo que, rotos sus dulces pensamientos, levantó la cabeza por ver qué fuese, y se maravilló viéndose en el pinar; y además de ello, mirando hacia adelante vio venir por un bosquecillo bastante tupido de arbustillos y de zarzas, corriendo hacia el lugar donde estaba, una hermosísima joven desnuda, desmelenada y toda arañada por las ramas y las zarzas, llorando y pidiendo piedad a gritos; y además de esto, vio a sus flancos dos grandes y feroces mastines, los cuales, corriendo tras ella rabiosamente, muchas veces cruelmente donde la alcanzaban la mordían; y detrás de ella vio venir sobre un corcel negro a un caballero moreno, de rostro muy sañudo, con un estoque en la mano, amenazándola de muerte con palabras espantosas e injuriosas.
Esto a un tiempo maravilla y espanto despertó en su ánimo y, por último, piedad por la desventurada mujer, de lo que nació deseo de librarla de tal angustia y muerte, si pudiera. Pero encontrándose sin armas, recurrió a coger una rama de un árbol en lugar de bastón y comenzó a salir al encuentro a los perros y contra el caballero.
Pero el caballero que esto vio, le gritó desde lejos:
Nastagio, no te molestes, deja hacer a los perros y a mí lo que esta mala mujer ha merecido.
Y diciendo así, los perros, cogiendo fuertemente a la joven por los flancos, la detuvieron, y alcanzándolos el caballero se bajó del caballo; acercándose al cual Nastagio, dijo:
No sé quién eres tú que así me conoces, pero sólo te digo que gran vileza es para un caballero armado querer matar a una mujer desnuda y haberle echado los perros detrás como si fuese una bestia salvaje; ciertamente la defenderé cuanto pueda.
El caballero entonces dijo:
Nastagio, yo fui de la ciudad que tú, y eras todavía un muchacho pequeño cuando yo, que fui llamado micer Guido de los Anastagi, estaba mucho más enamorado de ésta que lo estás tú ahora de la de los Traversari; y por su fiereza y crueldad de tal manera anduvo mi desgracia que un día, con este estoque que me ves en la mano, desesperado me maté, y estoy condenado a las penas eternas. Y no había pasado mucho tiempo cuando ésta, que con mi muerte se había alegrado desmesuradamente, murió, y por el pecado de su crueldad y la alegría que sintió con mis tormentos no arrepintiéndose, como quien no creía con ello haber pecado sino hecho méritos, del mismo modo fue (y está) condenada a las penas del infierno; en el cual, al bajar ella, tal fue el castigo dado a ella y a mí: que ella huyera delante, y a mí, que la amé tanto, seguirla como a mortal enemiga, no como a mujer amada, y cuantas veces la alcanzo, tantas con este estoque con el que me maté la mato a ella y le abro la espalda, y aquel corazón duro y frío en donde nunca el amor ni la piedad pudieron entrar, junto con las demás entrañas (como verás incontinenti) le arranco del cuerpo y se las doy a comer a estos perros. Y no pasa mucho tiempo hasta que ella, como la justicia y el poder de Dios ordena, como si no hubiera estado muerta, resurge y de nuevo empieza la dolorosa fuga, y los perros y yo a seguirla, y sucede que todos los viernes hacia esta hora la alcanzo aquí, y aquí hago el destrozo que verás; y los otros días no creas que reposamos sino que la alcanzo en otros lugares donde ella cruelmente contra mí pensó y obró; y habiéndome de amante convertido en su enemigo, como ves, tengo que seguirla de esta guisa cuantos meses fue ella cruel enemigo. Así pues, déjame poner en ejecución la justicia divina, y no quieras oponerte a lo que no podrías vencer.
Nastagio, oyendo estas palabras, muy temeroso y no teniendo un pelo encima que no se le hubiese erizado, echándose atrás y mirando a la mísera joven, se puso a esperar lleno de pavor lo que iba a hacer el caballero, el cual, terminada su explicación, como un perro rabioso, con el estoque en mano se le echó encima a la joven que, arrodillada, y sujetada fuertemente por los dos mastines, le pedía piedad; y con todas sus fuerzas le dio en medio del pecho y la atravesó hasta la otra parte.
Cuando la joven hubo recibido este golpe cayó boca abajo, siempre llorando y gritando; y el caballero, echando mano al cuchillo, le abrió los costados y sacándole fuera el corazón, y todas las demás cosas de alrededor, a los dos mastines las arrojó; los cuales, hambrientísimos, incontinenti las comieron; y no pasó mucho hasta que la joven, como si ninguna de estas cosas hubiesen pasado, súbitamente se levantó y empezó a huir hacia el mar, y los perros siempre tras ella hiriéndola, y el caballero volviendo a montar a caballo y cogiendo de nuevo su estoque, comenzó a seguirla, y en poco tiempo se alejaron, de manera que ya Nastagio no podía verlos. El cual, habiendo visto estas cosas, largo rato estuvo entre piadoso y temeroso, y luego de un tanto le vino a la cabeza que esta cosa podía muy bien ayudarle, puesto que todos los viernes sucedía; por lo que, señalado el lugar, se volvió con sus criados y luego, cuando le pareció, mandando a por muchos de sus parientes y amigos, les dijo:
Muchas veces me habéis animado a que deje de amar a esta enemiga mía y ponga fin a mis gastos: y estoy presto a hacerlo si me conseguís una gracia, la cual es ésta: que el viernes que viene hagáis que micer Paolo Traversari y su mujer y su hija y todas las damas parientes suyas, y otras que os parezca, vengan aquí a almorzar conmigo. Lo que quiero con esto lo veréis entonces.
A ellos les pareció una cosa bastante fácil de hacer y se lo prometieron; y vueltos a Rávena, cuando fue oportuno invitaron a quienes Nastagio quería, y aunque fue difícil poder llevar a la joven amada por Nastagio, sin embargo allí fue junto con las otras. Nastagio hizo preparar magníficamente de comer, e hizo poner la mesa bajo los pinos en el pinar que rodeaba aquel lugar donde había visto el destrozo de la mujer cruel; y haciendo sentar a la mesa a los hombres y a las mujeres, los dispuso de manera que la joven amada fue puesta en el mismo lugar frente al cual debía suceder el caso.
Habiendo, pues, venido ya la última vianda, he aquí que el alboroto desesperado de la perseguida joven empezó a ser oído por todos, de lo que maravillándose mucho todos y preguntando qué era aquello, y nadie sabiéndolo decir, poniéndose todos en pie y mirando lo que pudiese ser, vieron a la doliente joven y al caballero y a los perros, y poco después todos ellos estuvieron aquí entre ellos. Se hizo un gran alboroto contra los perros y el caballero, y muchos a ayudar a la joven se adelantaron; pero el caballero, hablándoles como había hablado a Nastagio, no solamente los hizo retroceder, sino que a todos espantó y llenó de maravilla; y haciendo lo que la otra vez había hecho, cuantas mujeres allí había (que bastantes habían sido parientes de la doliente joven y del caballero, y que se acordaban del amor y de la muerte de él), todas tan miserablemente lloraban como si a ellas mismas aquello les hubieran querido hacer.
Y llegando el caso a su término, y habiéndose ido la mujer y el caballero, hizo a los que aquello habían visto entrar en muchos razonamientos; pero entre quienes más espanto sintieron estuvo la joven amada por Nastagio; la cual, habiendo visto y oído distintamente todas las cosas, y sabiendo que a ella más que a ninguna otra persona que allí estuviera tocaban tales cosas, pensando en la crueldad siempre por ella usada contra Nastagio, ya le parecía ir huyendo delante de él, airado, y llevar a los flancos los mastines. Y tanto fue el miedo que de esto sintió que para que no le sucediese a ella, no veía el momento (que aquella misma noche se le presentó) para, habiéndose su odio cambiado en amor, a una fiel camarera mandar secretamente a Nastagio, que de su parte le rogó que le pluguiera ir a ella, porque estaba pronta a hacer todo lo que a él le agradase. Nastagio hizo responderle que aquello le era muy grato, pero que, si le placía, quería su placer con honor suyo, y esto era tomándola como mujer.
La joven, que sabía que no dependía más que de ella ser la mujer de Nastagio, le hizo decir que le placía; por lo que, siendo ella misma mensajera, a su padre y a su madre dijo que quería ser la mujer de Nastagio, con lo que ellos estuvieron muy contentos; y el domingo siguiente, Nastagio se casó con ella, y, celebradas las bodas, con ella mucho tiempo vivió contento. Y no fue este susto ocasión solamente de este bien sino que todas las mujeres ravenenses sintieron tanto miedo que fueron siempre luego más dóciles a los placeres de los hombres que antes lo habían sido.

lunes, 4 de octubre de 2010

EL "DECAMERÓN". TEORÍA.

El Decamerón, de Franz Xaver Winterhalter (1805-1873)

Desde aquí, podemos acceder a un estudio de Elianne Vega sobre el Decamerón. Atiende, sobre todo, a los siguientes epígrafes:
1. Estructura del Decamerón.
2. Estilo.
3. El universo femenino en el Decamerón.
4. Erotismo y religión.
5. Manejo de los temas principales.

Por supuesto, hay que resumir, entresacar las ideas principales.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

BOCCACIO. El "Decamerón"

Así comienza el Decamerón:
PROEMIO

COMIENZA EL LIBRO LLAMADO DECAMERÓN, APELLIDADO PRÍNCIPE GALEOTO, EN EL QUE SE CONTIENEN CIEN NOVELAS CONTADAS EN DIEZ DÍAS POR SIETE MUJERES Y POR TRES HOMBRES JÓVENES.

Humana cosa es tener compasión de los afligidos, y aunque a todos conviene sentirla, más propio es que la sientan aquellos que ya han tenido menester de consuelo y lo han encontrado en otros: entre los cuales, si hubo alguien de él necesitado o le fue querido o ya de él recibió el contento, me cuento yo. Porque desde mi primera juventud hasta este tiempo habiendo estado sobremanera inflamado por altísimo y noble amor (tal vez, por yo narrarlo, bastante más de lo que parecería conveniente a mi baja condición aunque por los discretos a cuya noticia llegó fuese alabado y reputado en mucho), no menos me fue grandísima fatiga sufrirlo: ciertamente no por crueldad de la mujer amada sino por el excesivo fuego concebido en la mente por el poco dominado apetito, el cual porque con ningún razonable límite me dejaba estar contento, me hacía muchas veces sentir más dolor del que había necesidad. Y en aquella angustia tanto alivio me procuraron las afables razones de algún amigo y sus loables consuelos, que tengo la opinión firmísima de que por haberme sucedido así no estoy muerto. Pero cuando plugo a Aquél que, siendo infinito, dio por ley inconmovible a todas las cosas mundanas el tener fin, mi amor, más que cualquiera otro ardiente y al cual no había podido ni romper ni doblar ninguna fuerza de voluntad ni de consejo ni de vergüenza evidente ni ningún peligro que pudiera seguirse de ello, disminuyó con el tiempo, de tal guisa que sólo me ha dejado de sí mismo en la memoria aquel placer que acostumbra ofrecer a quien no se pone a navegar en sus más hondos piélagos, por lo que, habiendo desaparecido todos sus afanes, siento que ha permanecido deleitoso donde en mí solía doloroso estar. Pero, aunque haya cesado la pena, no por eso ha huido el recuerdo de los beneficios recibidos entonces de aquéllos a quienes, por benevolencia hacia mí, les eran graves mis fatigas; ni nunca se irá, tal como creo, sino con la muerte. Y porque la gratitud, según lo creo, es entre las demás virtudes sumamente de alabar y su contraria de maldecir, por no parecer ingrato me he propuesto prestar algún alivio, en lo que puedo y a cambio de los que he recibido (ahora que puedo llamarme libre), si no a quienes me ayudaron, que por ventura no tienen necesidad de él por su cordura y por su buena suerte, al menos a quienes lo hayan menester. Y aunque mi apoyo, o consuelo si queremos llamarlo así, pueda ser y sea bastante poco para los necesitados, no deja de parecerme que deba ofrecerse primero allí donde la necesidad parezca mayor, tanto porque será más útil como porque será recibido con mayor deseo. ¿Y quién podrá negar que, por pequeño que sea, no convenga darlo mucho más a las amables mujeres que a los hombres? Ellas, dentro de los delicados pechos, temiendo y avergonzándose, tienen ocultas las amorosas llamas (que cuán mayor fuerza tienen que las manifiestas saben quienes lo han probado y lo prueban); y además, obligadas por los deseos, los gustos, los mandatos de los padres, de las madres, los hermanos y los maridos, pasan la mayor parte del tiempo confinadas en el pequeño circuito de sus alcobas, sentadas y ociosas, y queriendo y no queriendo en un punto, revuelven en sus cabezas diversos pensamientos que no es posible que todos sean alegres. Y si a causa de ellos, traída por algún fogoso deseo, les invade alguna tristeza, les es fuerza detenerse en ella con grave dolor si nuevas razones no la remueven, sin contar con ellas son mucho menos fuertes que los hombres; lo que no sucede a los hombres enamorados, tal como podemos ver abiertamente nosotros. Ellos, si les aflige alguna tristeza o pensamiento grave, tienen muchos medios de aliviarse o de olvidarlo porque, si lo quieren, nada les impide pasear, oír y ver muchas cosas, darse a la cetrería, cazar o pescar, jugar y mercadear, por los cuales modos todos encuentran la fuerza de recobrar el ánimo, o en parte o en todo, y removerlo del doloroso pensamiento al menos por algún espacio de tiempo; después del cual, de un modo o de otro, o sobreviene el consuelo o el dolor disminuye. Por consiguiente, para que al menos por mi parte se enmiende el pecado de la fortuna que, donde menos obligado era, tal como vemos en las delicadas mujeres, fue más avara de ayuda, en socorro y refugio de las que aman (porque a las otras les es bastante la aguja, el huso y la devanadera) entiendo contar cien novelas, o fábulas o parábolas o historias, como las queramos llamar, narradas en diez días, como manifiestamente aparecerá, por una honrada compañía de siete mujeres y tres jóvenes, en los pestilentes tiempos de la pasada mortandad, y algunas canciones cantadas a su gusto por las dichas señoras. En las cuales novelas se verán casos de amor placenteros y ásperos, así como otros azarosos acontecimientos sucedidos tanto en los modernos tiempos como en los antiguos; de los cuales, las ya dichas mujeres que los lean, a la par podrán tomar solaz en las cosas deleitosas mostradas y útil consejo, por lo que podrán conocer qué ha de ser huido e igualmente qué ha de ser seguido: cosas que sin que se les pase el dolor no creo que puedan suceder. Y si ello sucede, que quiera Dios que así sea, den gracias a Amor que, librándome de sus ligaduras, me ha concedido poder atender a sus placeres.



PRIMERA JORNADA


COMIENZA LA PRIMERA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN QUE, LUEGO DE LA EXPLICACIÓN DADA POR EL AUTOR SOBRE LA RAZÓN POR QUE ACAECIÓ QUE SE REUNIESEN LAS PERSONAS QUE SE MUESTRAN RAZONANDO ENTRE SÍ, SE RAZONA BAJO EL GOBIERNO DE PAMPÍNEA SOBRE LO QUE MÁS AGRADA A CADA UNO.

Cuando más graciosísimas damas, pienso cuán piadosas sois por naturaleza, tanto más conozco que la presente obra tendrá a vuestro juicio un principio penoso y triste, tal como es el doloroso recuerdo de aquella pestífera mortandad pasada, universalmente funesta y digna de llanto para todos aquellos que la vivieron o de otro modo supieron de ella, con el que comienza. Pero no quiero que por ello os asuste seguir leyendo como si entre suspiros y lágrimas debieseis pasar la lectura. Este horroroso comienzo os sea no otra cosa que a los caminantes una montaña áspera y empinada después de la cual se halla escondida una llanura hermosísima y deleitosa que les es más placentera cuanto mayor ha sido la dureza de la subida y la bajada. Y así como el final de la alegría suele ser el dolor, las miserias se terminan con el gozo que las sigue. A este breve disgusto (y digo breve porque se contiene en pocas palabras) seguirá prontamente la dulzura y el placer que os he prometido y que tal vez no sería esperado de tal comienzo si no lo hubiera hecho. Y en verdad si yo hubiera podido decorosamente llevaros por otra parte a donde deseo en lugar de por un sendero tan áspero como es éste, lo habría hecho de buena gana; pero ya que la razón por la que sucedieron las cosas que después se leerán no se podía manifestar sin este recuerdo, como empujado por la necesidad me dispongo a escribirlo.


Digo, pues, que ya habían los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios llegado al número de mil trescientos cuarenta y ocho cuando a la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las otras ciudades de Italia, llegó la mortífera peste que o por obra de los cuerpos superiores o por nuestras acciones inicuas fue enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios para nuestra corrección que había comenzado algunos años antes en las partes orientales privándolas de gran cantidad de vivientes, y, continuándose sin descanso de un lugar en otro, se había extendido miserablemente a Occidente. Y no valiendo contra ella ningún saber ni providencia humana (como la limpieza de la ciudad de muchas inmundicias ordenada por los encargados de ello y la prohibición de entrar en ella a todos los enfermos y los muchos consejos dados para conservar la salubridad) ni valiendo tampoco las humildes súplicas dirigidas a Dios por las personas devotas no una vez sino muchas ordenadas en procesiones o de otras maneras, casi al principio de la primavera del año antes dicho empezó horriblemente y en asombrosa manera a mostrar sus dolorosos efectos. Y no era como en Oriente, donde a quien salía sangre de la nariz le era manifiesto signo de muerte inevitable, sino que en su comienzo nacían a los varones y a las hembras semejantemente en las ingles o bajo las axilas, ciertas hinchazones que algunas crecían hasta el tamaño de una manzana y otras de un huevo, y algunas más y algunas menos, que eran llamadas bubas por el pueblo. Y de las dos dichas partes del cuerpo, en poco espacio de tiempo empezó la pestífera buba a extenderse a cualquiera de sus partes indiferentemente, e inmediatamente comenzó la calidad de la dicha enfermedad a cambiarse en manchas negras o lívidas que aparecían a muchos en los brazos y por los muslos y en cualquier parte del cuerpo, a unos grandes y raras y a otros menudas y abundantes. Y así como la buba había sido y seguía siendo indicio certísimo de muerte futura, lo mismo eran éstas a quienes les sobrevenían. Y para curar tal enfermedad no parecía que valiese ni aprovechase consejo de médico o virtud de medicina alguna; así, o porque la naturaleza del mal no lo sufriese o porque la ignorancia de quienes lo medicaban (de los cuales, más allá de los entendidos había proliferado grandísimamente el número tanto de hombres como de mujeres que nunca habían tenido ningún conocimiento de medicina) no supiese por qué era movido y por consiguiente no tomase el debido remedio, no solamente eran pocos los que curaban sino que casi todos antes del tercer día de la aparición de las señales antes dichas, quién antes, quién después, y la mayoría sin alguna fiebre u otro accidente, morían. Y esta pestilencia tuvo mayor fuerza porque de los que estaban enfermos de ella se abalanzaban sobre los sanos con quienes se comunicaban, no de otro modo que como hace el fuego sobre las cosas secas y engrasadas cuando se le avecinan mucho. Y más allá llegó el mal: que no solamente el hablar y el tratar con los enfermos daba a los sanos enfermedad o motivo de muerte común, sino también el tocar los paños o cualquier otra cosa que hubiera sido tocada o usada por aquellos enfermos, que parecía llevar consigo aquella tal enfermedad hasta el que tocaba. Y asombroso es escuchar lo que debo decir, que si por los ojos de muchos y por los míos propios no hubiese sido visto, apenas me atrevería a creerlo, y mucho menos a escribirlo por muy digna de fe que fuera la persona a quien lo hubiese oído. Digo que de tanta virulencia era la calidad de la pestilencia narrada que no solamente pasaba del hombre al hombre, sino lo que es mucho más (e hizo visiblemente otras muchas veces): que las cosas que habían sido del hombre, no solamente lo contaminaban con la enfermedad sino que en brevísimo espacio lo mataban. De lo cual mis ojos, como he dicho hace poco, fueron entre otras cosas testigos un día porque, estando los despojos de un pobre hombre muerto de tal enfermedad arrojados en la vía pública, y tropezando con ellos dos puercos, y como según su costumbre se agarrasen y le tirasen de las mejillas primero con el hocico y luego con los dientes, un momento más tarde, tras algunas contorsiones y como si hubieran tomado veneno, ambos a dos cayeron muertos en tierra sobre los maltratados despojos. De tales cosas, y de bastantes más semejantes a éstas y mayores, nacieron miedos diversos e imaginaciones en los que quedaban vivos, y casi todos se inclinaban a un remedio muy cruel como era esquivar y huir a los enfermos y a sus cosas; y, haciéndolo, cada uno creía que conseguía la salud para sí mismo. Y había algunos que pensaban que vivir moderadamente y guardarse de todo lo superfluo debía ofrecer gran resistencia al dicho accidente y, reunida su compañía, vivían separados de todos los demás recogiéndose y encerrándose en aquellas casas donde no hubiera ningún enfermo y pudiera vivirse mejor, usando con gran templanza de comidas delicadísimas y de óptimos vinos y huyendo de todo exceso, sin dejarse hablar de ninguno ni querer oír noticia de fuera, ni de muertos ni de enfermos, con el tañer de los instrumentos y con los placeres que podían tener se entretenían. Otros, inclinados a la opinión contraria, afirmaban que la medicina certísima para tanto mal era el beber mucho y el gozar y andar cantando de paseo y divirtiéndose y satisfacer el apetito con todo aquello que se pudiese, y reírse y burlarse de todo lo que sucediese; y tal como lo decían, lo ponían en obra como podían yendo de día y de noche ora a esta taberna ora a la otra, bebiendo inmoderadamente y sin medida y mucho más haciendo en los demás casos solamente las cosas que entendían que les servían de gusto o placer. Todo lo cual podían hacer fácilmente porque todo el mundo, como quien no va a seguir viviendo, había abandonado sus cosas tanto como a sí mismo, por lo que las más de las casas se habían hecho comunes y así las usaba el extraño, si se le ocurría, como las habría usado el propio dueño. Y con todo este comportamiento de fieras, huían de los enfermos cuanto podían. Y en tan gran aflicción y miseria de nuestra ciudad, estaba la reverenda autoridad de las leyes, de las divinas como de las humanas, toda caída y deshecha por sus ministros y ejecutores que, como los otros hombres, estaban enfermos o muertos o se habían quedado tan carentes de servidores que no podían hacer oficio alguno; por lo cual le era lícito a todo el mundo hacer lo que le pluguiese. Muchos otros observaban, entre las dos dichas más arriba, una vía intermedia: ni restringiéndose en las viandas como los primeros ni alargándose en el beber y en los otros libertinajes tanto como los segundos, sino suficientemente, según su apetito, usando de las cosas y sin encerrarse, saliendo a pasear llevando en las manos flores, hierbas odoríferas o diversas clases de especias, que se llevaban a la nariz con frecuencia por estimar que era óptima cosa confortar el cerebro con tales olores contra el aire impregnado todo del hedor de los cuerpos muertos y cargado y hediondo por la enfermedad y las medicinas. Algunos eran de sentimientos más crueles (como si por ventura fuese más seguro) diciendo que ninguna medicina era mejor ni tan buena contra la peste que huir de ella; y movidos por este argumento, no cuidando de nada sino de sí mismos, muchos hombres y mujeres abandonaron la propia ciudad, las propias casas, sus posesiones y sus parientes y sus cosas, y buscaron las ajenas, o al menos el campo, como si la ira de Dios no fuese a seguirles para castigar la iniquidad de los hombres con aquella peste y solamente fuese a oprimir a aquellos que se encontrasen dentro de los muros de su ciudad como avisando de que ninguna persona debía quedar en ella y ser llegada su última hora. Y aunque estos que opinaban de diversas maneras no murieron todos, no por ello todos se salvaban, sino que, enfermándose muchos en cada una de ellas y en distintos lugares (habiendo dado ellos mismos ejemplo cuando estaban sanos a los que sanos quedaban) abandonados por todos, languidecían ahora. Y no digamos ya que un ciudadano esquivase al otro y que casi ningún vecino tuviese cuidado del otro, y que los parientes raras veces o nunca se visitasen, y de lejos: con tanto espanto había entrado esta tribulación en el pecho de los hombres y de las mujeres, que un hermano abandonaba al otro y el tío al sobrino y la hermana al hermano, y muchas veces la mujer a su marido, y lo que mayor cosa es y casi increíble, los padres y las madres a los hijos, como si no fuesen suyos, evitaban visitar y atender. Por lo que a quienes enfermaban, que eran una multitud inestimable, tanto hombres como mujeres, ningún otro auxilio les quedaba que o la caridad de los amigos, de los que había pocos, o la avaricia de los criados que por gruesos salarios y abusivos contratos servían, aunque con todo ello no se encontrasen muchos y los que se encontraban fuesen hombres y mujeres de tosco ingenio, y además no acostumbrados a tal servicio, que casi no servían para otra cosa que para llevar a los enfermos algunas cosas que pidiesen o mirarlos cuando morían; y sirviendo en tal servicio, se perdían ellos muchas veces con lo ganado. Y de este ser abandonados los enfermos por los vecinos, los parientes y los amigos, y de haber escasez de sirvientes se siguió una costumbre no oída antes: que a ninguna mujer por bella o gallarda o noble que fuese, si enfermaba, le importaba tener a su servicio a un hombre, como fuese, joven o no, ni mostrarle sin ninguna vergüenza todas las partes de su cuerpo no de otra manera que hubiese hecho a otra mujer, si se lo pedía la necesidad de su enfermedad; lo que en aquellas que se curaron fue razón de honestidad menor en el tiempo que sucedió. Y además, se siguió de ello la muerte de muchos que, por ventura, si hubieran sido ayudados se habrían salvado; de los que, entre el defecto de los necesarios servicios que los enfermos no podían tener y por la fuerza de la peste, era tanta en la ciudad la multitud de los que de día y de noche morían, que causaba estupor oírlo decir, cuanto más mirarlo. Por lo cual, casi por necesidad, cosas contrarias a las primeras costumbres de los ciudadanos nacieron entre quienes quedaban vivos. Era costumbre, así como ahora vemos hacer, que las mujeres parientes y vecinas se reuniesen en la casa del muerto, y allí, con aquellas que más le tocaban, lloraban; y por otra parte delante de la casa del muerto con sus parientes se reunían sus vecinos y muchos otros ciudadanos, y según la calidad del muerto allí venía el clero, y él en hombros de sus iguales, con funeral pompa de cera y cantos, a la iglesia elegida por él antes de la muerte era llevado. Las cuales cosas, luego que empezó a subir la ferocidad de la peste, o en todo o en su mayor parte cesaron casi y otras nuevas sobrevivieron en su lugar. Por lo que no solamente sin tener muchas mujeres alrededor se morían las gentes sino que eran muchos los que de esta vida pasaban a la otra sin testigos; y poquísimos eran aquellos a quienes los piadosos llantos y las amargas lágrimas de sus parientes fuesen concedidas, sino que en lugar de ellas eran por los más acostumbradas las risas y las agudezas y el festejar en compañía; la cual costumbre las mujeres, en gran parte pospuesta la femenina piedad a su salud, habían aprendido óptimamente. Y eran raros aquellos cuerpos que fuesen por más de diez o doce de sus vecinos acompañados a la iglesia; a los cuales no llevaban sobre los hombros los honrados y amados ciudadanos, sino una especie de sepultureros salidos de la gente baja que se hacían llamar faquines y hacían este servicio a sueldo poniéndose debajo del ataúd y, llevándolo con presurosos pasos, no a aquella iglesia que hubiese antes de la muerte dispuesto, sino a la más cercana la mayoría de las veces lo llevaban, detrás de cuatro o seis clérigos con pocas luces y a veces sin ninguna; los que, con la ayuda de los dichos faquines, sin cansarse en un oficio demasiado largo o solemne, en cualquier sepultura desocupada encontrada primero lo metían. De la gente baja, y tal vez de la mediana, el espectáculo estaba lleno de mucha mayor miseria, porque éstos, o por la esperanza o la pobreza retenidos la mayoría en sus casas, quedándose en sus barrios, enfermaban a millares por día, y no siendo ni servidos ni ayudados por nadie, sin redención alguna morían todos. Y bastantes acababan en la vía pública, de día o de noche; y muchos, si morían en sus casas, antes con el hedor corrompido de sus cuerpos que de otra manera, hacían sentir a los vecinos que estaban muertos; y entre éstos y los otros que por toda parte morían, una muchedumbre. Era sobre todo observada una costumbre por los vecinos, movidos no menos por el temor de que la corrupción de los muertos no los ofendiese que por el amor que tuvieran a los finados. Ellos, o por sí mismos o con ayuda de algunos acarreadores cuando podían tenerla, sacaban de sus casas los cuerpos de los ya finados y los ponían delante de sus puertas (donde, especialmente por la mañana, hubiera podido ver un sinnúmero de ellos quien se hubiese paseado por allí) y allí hacían venir los ataúdes, y hubo tales a quienes por defecto de ellos pusieron sobre alguna tabla. Tampoco fue un solo ataúd el que se llevó juntas a dos o tres personas; ni sucedió una vez sola sino que se habrían podido contar bastantes de los que la mujer y el marido, los dos o tres hermanos, o el padre y el hijo, o así sucesivamente, contuvieron. Y muchas veces sucedió que, andando dos curas con una cruz a por alguno, se pusieron tres o cuatro ataúdes, llevados por acarreadores, detrás de ella; y donde los curas creían tener un muerto para sepultar, tenían seis u ocho, o tal vez más. Tampoco eran éstos con lágrimas o luces o compañía honrados, sino que la cosa había llegado a tanto que no de otra manera se cuidaba de los hombres que morían que se cuidaría ahora de las cabras; por lo que apareció asaz manifiestamente que aquello que el curso natural de las cosas no había podido con sus pequeños y raros daños mostrar a los sabios que se debía soportar con paciencia, lo hacía la grandeza de los males aún con los simples, desaprensivos y despreocupados. A la gran multitud de muertos mostrada que a todas las iglesias, todos los días y casi todas las horas, era conducida, no bastando la tierra sagrada a las sepulturas (y máxime queriendo dar a cada uno un lugar propio según la antigua costumbre), se hacían por los cementerios de las iglesias, después que todas las partes estaban llenas, fosas grandísimas en las que se ponían a centenares los que llegaban, y en aquellas estibas, como se ponen las mercancías en las naves en capas apretadas, con poca tierra se recubrían hasta que se llegaba a ras de suelo. Y por no ir buscando por la ciudad todos los detalles de nuestras pasadas miserias en ella sucedidas, digo que con un tiempo tan enemigo que corrió ésta, no por ello se ahorró algo al campo circundante; en el cual, dejando los burgos, que eran semejantes, en su pequeñez, a la ciudad, por las aldeas esparcidas por él y los campos, los labradores míseros y pobres y sus familias, sin trabajo de médico ni ayuda de servidores, por las calles y por los collados y por las casas, de día o de noche indiferentemente, no como hombres sino como bestias morían. Por lo cual, éstos, disolutas sus costumbres como las de los ciudadanos, no se ocupaban de ninguna de sus cosas o haciendas; y todos, como si esperasen ver venir la muerte en el mismo día, se esforzaban con todo su ingenio no en ayudar a los futuros frutos de los animales y de la tierra y de sus pasados trabajos, sino en consumir los que tenían a mano. Por lo que los bueyes, los asnos, las ovejas, las cabras, los cerdos, los pollos y hasta los mismos perros fidelísimos al hombre, sucedió que fueron expulsados de las propias casas y por los campos, donde las cosechas estaban abandonadas, sin ser no ya recogidas sino ni siquiera segadas, iban como más les placía; y muchos, como racionales, después que habían pastado bien durante el día, por la noche se volvían saciados a sus casas sin ninguna guía de pastor. ¿Qué más puede decirse, dejando el campo y volviendo a la ciudad, sino que tanta y tal fue la crueldad del cielo, y tal vez en parte la de los hombres, que entre la fuerza de la pestífera enfermedad y por ser muchos enfermos mal servidos o abandonados en su necesidad por el miedo que tenían los sanos, a más de cien mil criaturas humanas, entre marzo y el julio siguiente, se tiene por cierto que dentro de los muros de Florencia les fue arrebatada la vida, que tal vez antes del accidente mortífero no se habría estimado haber dentro tantas? ¡Oh cuántos grandes palacios, cuántas bellas casas, cuántas nobles moradas llenas por dentro de gentes, de señores y de damas, quedaron vacías hasta del menor infante! ¡Oh cuántos memorables linajes, cuántas amplísimas herencias, cuántas famosas riquezas se vieron quedar sin sucesor legítimo! ¡Cuántos valerosos hombres, cuántas hermosas mujeres, cuántos jóvenes gallardos a quienes no otros que Galeno, Hipócrates o Esculapio hubiesen juzgado sanísimos, desayunaron con sus parientes, compañeros y amigos, y llegada la tarde cenaron con sus antepasados en el otro mundo!


A mí mismo me disgusta andar revolviéndome tanto entre tantas miserias; por lo que, queriendo dejar aquella parte de las que convenientemente puedo evitar, digo que, estando en estos términos nuestra ciudad de habitantes casi vacía, sucedió, así como yo después oí a una persona digna de fe, que en la venerable iglesia de Santa María la Nueva, un martes de mañana, no habiendo casi ninguna otra persona, oídos los divinos oficios en hábitos de duelo, como pedían semejantes tiempos, se encontraron siete mujeres jóvenes, todas entre sí unidas o por amistad o por vecindad o por parentesco, de las cuales ninguna había pasado el vigésimo año ni era menor de dieciocho, discretas todas y de sangre noble y hermosas de figura y adornadas con ropas y honestidad gallarda. Sus nombres diría yo debidamente si una justa razón no me impidiese hacerlo, que es que no quiero que por las cosas contadas de ellas que se siguen, y por lo escuchado, ninguna pueda avergonzarse en el tiempo por venir, estando hoy un tanto restringidas las leyes del placer que entonces, por las razones antes dichas, eran no ya para su edad sino para otra mucho más madura amplísimas; ni tampoco dar materia a los envidiosos (prestos a mancillar toda vida loable), de disminuir en ningún modo la honestidad de las valerosas mujeres en conversaciones desconsideradas. Pero, sin embargo, para que aquello que cada una dijese se pueda comprender pronto sin confusión, con nombres convenientes a la calidad de cada una, o en todo o en parte, entiendo llamarlas; de las cuales a la primera, y la que era de más edad, llamaremos Pampínea y a la segunda Fiameta, Filomena a la tercera y a la cuarta Emilia, y después Laureta diremos a la quinta, y a la sexta Neifile, y a la última, no sin razón, llamaremos Elisa. Las cuales, no ya movidas por algún propósito sino por el acaso, se reunieron en una de las partes de la iglesia como dispuestas a sentarse en corro, y luego de muchos suspiros, dejando de rezar padrenuestros, comenzaron a discurrir sobre la condición de los tiempos muchas y variadas cosas; y luego de algún espacio, callando las demás, así empezó a hablar Pampínea:
Vosotras podéis, queridas señoras, tanto como yo haber oído muchas veces que a nadie ofende quien honestamente hace uso de su derecho. Natural derecho es de todos los que nacen ayudar a conservar y defender su propia vida tanto cuanto pueden, y concededme esto, puesto que alguna vez ya ha sucedido que, por conservarla, se hayan matado hombres sin ninguna culpa. Y si esto conceden las leyes, a cuya solicitud está el buen vivir de todos los mortales, ¡cuán mayormente es honesto que, sin ofender a nadie, nosotras y cualquiera otro, tomemos los remedios que podamos para la conservación de nuestra vida! Siempre que me pongo a considerar nuestras acciones de esta mañana y de las ya pasadas y pienso cuántos y cuáles son nuestros pensamientos, comprendo, y vosotras de igual modo lo podéis comprender, que cada una de nosotras tema por sí misma; y no me maravillo por ello, sino que me maravillo de que sucediéndonos a todas tener sentimiento de mujer, no tomemos alguna compensación de aquello que fundadamente tememos. Estamos viviendo aquí, a mi parecer, no de otro modo que si quisiésemos y debiésemos ser testigos de cuantos cuerpos muertos se llevan a la sepultura, o escuchar si los frailes de aquí dentro (el número de los cuales casi ha llegado a cero) cantan sus oficios a las horas debidas, o mostrar a cualquiera que aparezca, por nuestros hábitos, la calidad y la cantidad de nuestras miserias. Y, si salimos de aquí, o vemos cuerpos muertos o enfermos llevados por las calles, o vemos aquellos a quienes por sus delitos la autoridad de las públicas leyes condenó al exilio, escarneciéndolas porque oyeron que sus ejecutores estaban muertos o enfermos, y con descompensado ímpetu recorriendo la ciudad, o a las heces de nuestra ciudad, enardecidas con nuestra sangre, llamarse faquines y en ultraje nuestro andar cabalgando y discurriendo por todas partes, acusándonos de nuestros males con deshonestas canciones. Y no otra cosa oímos sino «los tales son muertos», y «los otros tales están muriéndose»; y si hubiera quien pudiese hacerlo, por todas partes oiríamos dolorosos llantos. Y si a nuestras casas volvemos, no sé si a vosotras como a mí os sucede: yo, de mucha familia, no encontrando otra persona en ella que a mi criada, empavorezco y siento que se me erizan los cabellos, y me parece, dondequiera que voy o me quedo, ver la sombra de los que han fallecido, y no con aquellos rostros que solían sino con un aspecto horrible, no sé en dónde extrañamente adquirido, espantarme. Por todo lo cual, aquí y fuera de aquí, y en casa, me siento mal, y tanto más ahora cuando me parece que no hay persona que aún tenga pulso y lugar donde ir, como tenemos nosotras, que se haya quedado aquí salvo nosotras. Y he oído y visto muchas veces que si algunos quedan, aquéllos, sin hacer distinción alguna entre las cosas honestas y las que no lo son, sólo con que el apetito se lo pida, y solos y acompañados, de día o de noche, hacen lo que mejor se les ofrece; y no sólo las personas libres sino también las encerradas en monasterios, persuadiéndose de que les conviene aquello que en los otros no desdice, rotas las leyes de la obediencia, se dan a deleites carnales, de tal guisa pensando salvarse, y se han hecho lascivas y disolutas. Y si así es, como manifiestamente se ve, ¿qué hacemos aquí nosotras?, ¿qué esperamos?, ¿qué soñamos? ¿Por qué somos más perezosas y lentas en nuestra salvación que todos los demás ciudadanos? ¿Nos reputamos de menor valor que todos los demás?, ¿o creemos que nuestra vida está atada con cadenas más fuertes a nuestro cuerpo que la de los otros, y así no debemos pensar que nada tenga fuerza para ofenderla? Estamos equivocadas, nos engañamos, qué brutalidad es la nuestra si lo creemos así, cuantas veces queramos recordar cuántos y cuáles han sido los jóvenes y las mujeres vencidos por esta cruel pestilencia, tendremos una demostración clarísima. Y por ello, a fin de que por repugnancia o presunción no caigamos en aquello de lo que por ventura, queriéndolo, podremos escapar de algún modo, no sé si os parecerá a vosotras lo que a mí me parece: yo juzgaría óptimamente que, tal como estamos, y así como muchos han hecho antes que nosotras y hacen, saliésemos de esta tierra, y huyendo como de la muerte los deshonestos ejemplos ajenos, honestamente fuésemos a estar en nuestras villas campestres (en que todas abundamos) y allí aquella fiesta, aquella alegría y aquel placer que pudiésemos sin traspasar en ningún punto el límite de lo razonable, lo tomásemos. Allí se oye cantar los pajarillos, se ve verdear los collados y las llanuras, y a los campos llenos de mieses ondear no de otro modo que el mar y muchas clases de árboles, y el cielo más abiertamente; el cual, por muy enojado que esté, no por ello nos niega sus bellezas eternas, que mucho más bellas son de admirar que los muros vacíos de nuestra ciudad. Y es allí, a más de esto, el aire asaz más fresco, y de las cosas que son necesarias a la vida en estos tiempos hay allí más abundancia, y es menor el número de las enojosas: porque allí, aunque también mueran los labradores como aquí los ciudadanos, el disgusto es tanto menor cuanto más raras son las casas y los habitantes que en la ciudad. Y aquí, por otra parte, si veo bien, no abandonamos a nadie, antes podemos con verdad decir que fuimos abandonadas: porque los nuestros, o muriendo o huyendo de la muerte, como si no fuésemos suyas nos han dejado en tanta aflicción. Ningún reproche puede hacerse, por consiguiente, a seguir tal consejo, mientras que el dolor y el disgusto, y tal vez la muerte, podrían acaecernos si no lo seguimos. Y por ello, si os parece, tomando nuestras criadas y haciéndonos seguir de las cosas oportunas, hoy en este sitio y mañana en aquél, la alegría y la fiesta que en estos tiempos se pueda creo que estará bien que gocemos; y que permanezcamos de esta guisa hasta que veamos (si primero la muerte no nos alcanza) qué fin reserva el cielo a estas cosas. Y recordad que no desdice de nosotras irnos honestamente cuando gran parte de los otros deshonestamente se quedan.
Habiendo escuchado a Pampínea las otras mujeres, no solamente alabaron su razonamiento sino que, deseosas de seguirlo, habían ya entre sí empezado a considerar el modo de llevarlo a cabo, como si al levantarse de donde estaban sentadas inmediatamente debieran ponerse en camino. Pero Filomena, que era discretísima, dijo:
Señoras, por muy óptimamente dicho que haya estado el razonamiento de Pampínea, no por ello es cosa de correr a hacerlo así como parece que queréis. Os recuerdo que somos todas mujeres y no hay ninguna tan moza que no pueda conocer bien cómo se saben gobernar las mujeres juntas y sin la providencia de algún hombre. Somos volubles, alborotadoras, suspicaces, pusilánimes y miedosas, cosas por las que mucho dudo que, si no tomamos otra guía más que la nuestra, no se disuelva esta compañía mucho antes y con menos honor para nosotras de lo que sería menester: y por ello bueno es tomar providencias antes de empezar.
Dijo entonces Elisa:
En verdad los hombres son cabeza de la mujer y sin su dirección raras veces llega alguna de nuestras obras a un fin loable: pero ¿cómo podemos encontrar esos hombres? Todas sabemos que de los nuestros están la mayoría muertos, y los otros que viven se han quedado uno aquí otro allá en distinta compañía, sin que sepamos dónde, huyéndole a aquello de que nosotras queremos huir, y el admitir a extraños no sería conveniente; por lo que, si queremos correr tras la salud, nos conviene encontrar el modo de organizarnos de tal manera que de aquello en lo que queremos encontrar deleite y reposo no se siga disgusto y escándalo.
Mientras entre las mujeres andaban estos razonamientos, he aquí que entran en la iglesia tres jóvenes, que no lo eran tanto que no fuese de menos de veinticinco años la edad del más joven: ni la calidad y perversidad de los tiempos, ni la pérdida de amigos y de parientes, ni el temor por sí mismos había podido no sólo extinguir el amor en ellos sino ni aun enfriarlos. De los cuales uno era llamado Pánfilo y Filostrato el segundo y el último Dioneo, todos afables y corteses; y andaban buscando, como su mayor consuelo en tanta perturbación de las cosas, ver a sus damas, las cuales estaban las tres por ventura entre las ya dichas siete, y de las demás eran parientes de alguno de ellos. Pero primero llegaron ellos a los ojos de éstas que éstas fueron vistas por ellos; por lo que Pampínea, entonces, sonriéndose comenzó:
He aquí que la fortuna es favorable a nuestros comienzos y nos ha puesto delante a estos jóvenes discretos y valerosos que nos harán con gusto de guías y servidores si no dejamos de tomarles para este oficio.
Neifile, entonces, que toda se había sonrojado de vergüenza porque era una de las amadas por los jóvenes, dijo:
Pampínea, por Dios, mira lo que dices. Reconozco abiertamente que nada más que cosas todas buenas pueden decirse de cualquiera de ellos, y los creo capaces de muchas mayores cosas de las que son necesarias para éstas, y semejantemente creo que pueden ofrecer buena y honesta compañía no solamente a nosotras sino a otras mucho más hermosas y estimadas de lo que nosotras somos; pero como es cosa manifiesta que están enamorados de algunas de las que aquí están, temo que se siga difamación y reproches, sin nuestra culpa o la suya, si los llevamos con nosotras.
Dijo entonces Filomena:
Eso poca monta; allá donde yo honestamente viva y no me remuerda de nada la conciencia, hable quien quiera en contra: Dios y la verdad tomarán por mí las armas. Pues, si estuviesen dispuestos a venir podríamos decir en verdad, como Pampínea dijo, que la fortuna es favorable a nuestra partida.
Las demás, oyendo a éstas hablar así, no solamente se callaron sino que con sentimiento concorde dijeron todas que fuesen llamados y se les dijese su intención; y se les rogase que quisieran tenerlas compañía en el dicho viaje. Por lo que, sin más palabras, poniéndose en pie Pampínea, que por consanguinidad era pariente de uno de ellos, se dirigió hacia ellos, que estaban parados mirándolas y, saludándolos con alegre gesto, les hizo manifiesta su intención y les rogó en nombre de todas que con puro y fraternal ánimo se quisiesen disponer a tenerlas compañía. Los jóvenes creyeron primero que se burlaba, pero después que vieron que la dama hablaba en serio declararon alegremente que estaban prontos, y sin poner dilación al asunto, a fin de que partiesen, dieron órdenes de lo que había que hacer para disponer la partida. Y ordenadamente haciendo aparejar todas las cosas oportunas y mandadas ya a donde ellos querían ir, la mañana siguiente, esto es, el miércoles, al clarear el día, las mujeres con algunas de sus criadas y los tres jóvenes con tres de sus sirvientes, saliendo de la ciudad, se pusieron en camino, y no más de dos pequeñas millas se habían alejado de ella cuando llegaron al lugar primeramente decidido.
Estaba tal lugar sobre una pequeña montaña, por todas partes alejado algo de nuestros caminos, con diversos arbustos y plantas todas pobladas de verdes frondas agradable de mirar; en su cima había una villa con un grande y hermoso patio en medio, y con galerías y con salas y con alcobas todas ellas bellísimas y adornadas con alegres pinturas dignas de ser miradas, con pradecillos en torno y con jardines maravillosos y con pozos de agua fresquísima y con bodegas llenas de preciosos vinos: cosas más apropiadas para los bebedores consumados que para las sobrias y honradas mujeres. La cual, bien barrida y con las alcobas y las camas hechas, y llena de cuantas flores se podían tener en la estación, y alfombrada con esparcidas ramas de juncos, halló la compañía que llegaba, con no poco placer por su parte. Y al reunirse por primera vez, dijo Dioneo, que más que ningún otro joven era agradable y lleno de agudeza:
Señoras, vuestra discreción más que nuestra previsión nos ha guiado aquí; yo no sé qué es lo que intentáis hacer de vuestros pensamientos: los míos los dejé yo dentro de las puertas de la ciudad cuando con vosotras hace poco me salí de ella, y por ello o vosotras os disponéis a solazaros y a reír y a cantar conmigo (tanto, digo, como conviene a vuestra dignidad) o me dais licencia para que a por mis pensamientos retorne y me quede en aquella ciudad atribulada.
A lo que Pampínea, no de otro modo que si semejantemente hubiese arrojado de sí todos los suyos, contestó alegre:
Dioneo, óptimamente hablas: hemos de vivir festivamente pues no otra cosa que las tristezas nos han hecho huir. Pero como las cosas que no tienen orden no pueden durar largamente, yo que fui la iniciadora de los rozamientos por los que se ha formado esta buena compañía, pensando en la continuación de nuestra alegría, estimo que es de necesidad elegir entre nosotros a alguno como más principal a quien honremos y obedezcamos como a mayor, todos cuyos pensamientos se dirijan por el cuidado de hacernos vivir alegremente. Y para que todos prueben el peso de las preocupaciones junto con el placer de la autoridad, y por consiguiente, llevado de una parte a la otra, no pueda quien no lo prueba sentir envidia alguna, digo que a cada uno por un día se atribuya el peso y con él el honor, y quien sea el primero de nosotros se deba a la elección de todos; los que le sucedan, al acercarse la hora del crepúsculo, sean aquel o aquella que plazca a quien aquel día haya tenido tal señorío, y este tal, según su arbitrio, durante el tiempo de su señorío, del lugar y el modo en el que hayamos de vivir, ordene y disponga.
Estas palabras agradaron grandemente y a una voz la eligieron por reina del primer día, y Filomena, corriendo prestamente hacia un laurel, porque muchas veces había oído hablar de cuán grande honor sus frondas eran dignas y cuán digno honor hacían a quien era con ellas meritoriamente coronado, cogiendo algunas ramas, hizo una guirnalda honrosa y bien arreglada que, poniéndosela en la cabeza, fue, mientras duró aquella compañía, manifiesto signo a todos los demás del real señorío y preeminencia.
Pampínea, hecha reina, mandó que todos callasen, habiendo hecho ya llamar allí a los servidores de los tres jóvenes y a sus criadas; y callando todos, dijo:
Para dar primero ejemplo a todos vosotros para que, procediendo de bien en mejor, nuestra compañía con orden y con placer y sin ningún deshonor viva y dure cuanto lo deseemos, nombro primeramente a Pármeno, criado de Dioneo, mi senescal, y a él encomiendo el cuidado y la solicitud por toda nuestra familia y lo que pertenece al servicio de la sala. Sirisco, criado de Pánfilo, quiero que sea administrador y tesorero y que siga las órdenes de Pármeno. Tíndaro, al servicio de Filostrato y de los otros dos, que se ocupe de sus alcobas cuando los otros, ocupados en sus oficios, no puedan ocuparse. Misia, mi criada, y Licisca, de Filomena, estarán continuamente en la cocina y aparejarán diligentemente las viandas que por Pármeno le sean ordenadas. Quimera, de Laureta, y Estratilia, de Fiameta, queremos que estén pendientes del gobierno de las alcobas de las damas y de la limpieza de los lugares donde estemos. Y a todos en general, por cuanto estimen nuestra gracia, queremos y les ordenamos que se guarden, dondequiera que vayan, de dondequiera que vuelvan, cualquier cosa que sea lo que oigan o vean, de traer de fuera ninguna noticia que no sea alegre. Y dadas sumariamente estas órdenes, que fueron de todos encomiadas, enderezándose, alegres en pie, dijo : Aquí hay jardines, aquí hay prados, aquí hay otros lugares muy deleitosos, por los cuales vaya cada uno a su gusto solazándose; y al oír el toque de tercia, todos estén aquí para comer con la fresca.
Despedida, pues, por la reciente reina, la alegre compañía, los jóvenes junto con las bellas mujeres, hablando de cosas agradables, con lento paso, se fueron por un jardín haciéndose bellas guirnaldas de varias frondas y cantando amorosamente. Y luego de haberse demorado así cuanto espacio les había sido concedido por la reina, vueltos a casa, encontraron que Pármeno había dado diligentemente principio a su oficio, por lo que, al entrar en una sala de la planta baja, allí vieron las mesas puestas con manteles blanquísimos y con vasos que parecían de plata, y todas las cosas cubiertas de flores y de ramas de hiniesta; por lo que, dada el agua a las manos, como gustó a la reina, según el juicio de Pármeno, todos fueron a sentarse. Las viandas delicadamente hechas llegaron y fueron aprestados vinos finísimos, y sin más, en silencio los tres servidores sirvieron las mesas. Alegrados todos por estas cosas, que eran bellas y ordenadas, con placentero ingenio y con fiesta comieron; y levantadas las mesas, como sucedía que todas las damas sabían bailar las danzas de carola, y también los jóvenes, y parte de ellos tocar y cantar óptimamente, mandó la reina que viniesen los instrumentos: y por su mandato, Dioneo tomó un laúd y Fiameta una viola, comenzando a tocar suavemente una danza. Por lo que la reina, con las otras damas, cogiéndose de la mano en corro con los jóvenes, con lento paso, mandados a comer los sirvientes, empezaron una carola: y cuando la terminaron, a cantar canciones amables y alegres. Y de este modo estuvieron tanto tiempo que a la reina le pareció que debían ir a dormir; por lo que, dando a todos licencia, los tres jóvenes a sus alcobas, separadas de las de las mujeres, se fueron; las cuales con las camas bien hechas y tan llenas de flores como la sala encontraron; y semejantemente las suyas las damas, por lo que, desnudándose se fueron a reposar.
No hacía mucho que había sonado nona cuando la reina, levantándose, hizo levantar a las demás y de igual modo a los jóvenes, afirmando que era nocivo dormir demasiado de día; y así se fueron a un pradecillo en que la hierba era verde y alta y el sol no podía entrar por ninguna parte; y allí, donde se sentía un suave vientecillo, todos se sentaron en corro sobre la verde hierba así como la reina quiso. Y ella les dijo:
Como veis, el sol está alto y el calor es grande, y nada se oye sino las cigarras arriba en los olivos, por lo que ir ahora a cualquier lugar sería sin duda necedad. Aquí es bueno y fresco estar y hay, como veis, tableros y piezas de ajedrez, y cada uno puede, según lo que a su ánimo le dé más placer, encontrar deleite. Pero si en esto se siguiera mi parecer, no jugando, en lo que el ánimo de una de las partes ha de turbarse sin demasiado placer de la otra o de quien está mirando, sino novelando (con lo que, hablando uno, toda la compañía que le escucha toma deleite) pasaríamos esta caliente parte del día. Cuando terminaseis cada uno de contar una historia, el sol habría declinado y disminuido el calor, y podríamos a donde más gusto nos diera ir a entretenernos; y por ello, si esto que he dicho os place (ya que estoy dispuesta a seguir vuestro gusto), hagámoslo; y si no os pluguiese, haga cada uno lo que más le guste hasta la hora de vísperas.
Las mujeres por igual y todos los hombres alabaron el novelar.

IMÁGENES:
1. Cuadro de John William Waterhouse
2. Cuadro de Botticelli
3 y 4. Ilustraciones de Celedonio Perellón (para Liber Ediciones)