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sábado, 13 de septiembre de 2014

PRENSA. Sobre el "Decamerón". Gustavo Martín Garzo

   En "El País":

El cuarto de los niños

El Decamerón de Boccacio, prohibido por la Iglesia pero que consiguió un inmediato e inmenso éxito popular, logra escapar de las dos cárceles que amenazan a la libertad: el puritanismo y el pesimismo

Corre el año de 1348 y una terrible epidemia de peste asola la ciudad de Florencia. Los muertos son tan numerosos que apenas da tiempo a enterrarlos. Se abren fosas comunes, se aprovechan los ataúdes para meter varios cuerpos a la vez, las ceremonias religiosas se multiplican inútilmente y el horror invade las calles y la vida cotidiana de la gente. Florencia pierde la mitad de su población y la sospecha de que la epidemia es un castigo de Dios por la iniquidad de los hombres, vuelve aún más lúgubre la atmósfera de desolación que rodea a los que sobreviven.
Pasan los meses y, paradójicamente, los efectos de la peste resultan vivificadores para el conjunto de la ciudad. La iglesia pierde parte de su prestigio y la disminución de la población y la ruina de los familias importantes crea nuevas oportunidades a la clase baja. La demanda de todo tipo de servicios contribuye al crecimiento de banqueros, mercaderes y artesanos hábiles, por lo que en poco tiempo la ciudad se transforma en un hervidero de vida. Esta es la Florencia en que vive Boccaccio cuando escribe El Decamerón. Han pasado dos años desde el final de la peste y todo anuncia el surgimiento de una nueva concepción de la vida, que rechaza la primacía de lo religioso. El tema central de El Decamerón será lo humano. No lo humano idealizado, reflejo de un orden superior, sino el ser humano real, con sus virtudes y defectos. Y, por encima de todo, el hombre animado por el deseo.
Pero vayamos al comienzo del libro. Tras la descripción de la peste, Boccaccio nos cuenta como un grupo de jóvenes damas coincide en una iglesia. Son siete, y deciden dirigirse a alguna de sus posesiones campestres a fin de huir del horror que las rodea. Tres apuestos varones se ofrecen a acompañarlas, y juntos abandonan la ciudad maldita para refugiarse en una villa de las afueras. Se preguntan entonces qué harán con su tiempo, y deciden contarse historias. Llegan a un acuerdo, cada día uno de ellos será el rey o la reina de los otros y les encargará el tema sobre el que deben versar sus relatos.
El cuento de nunca acabar, así llamó Carmen Martín Gaite al cuento de la vida. Pero si lo que importa es esa rueda de los cuentos, ¿por qué Boccaccio elige el marco tenebroso de una peste para ponerla en marcha? Algo así sucede en Las Mil y una Noches donde Sherezade cuenta sus historias en la alcoba del ogro. “La muerte es la mayor aventura”, exclama Peter Pan en la novela de J. M. Barrie. Orfeo desciende al submundo para recuperar a su amada Eurídice, y a cambio tiene que renunciar a mirarla y a hablar con ella. Conocemos el relato de Orfeo, pero ¿cómo habría sido el de Eurídice? ¿Como hablarían los muertos de lo que encuentran si pudieran regresar al mundo? ¿Cómo hablarían de todo aquello que ya nunca podrá ser suyo: los lechos de sus amantes, la compañía de los animales, el amor de los niños? ¿Qué importancia tendrían para ellos los pequeños o grandes dramas de la vida si a cambio pudieran participar en ellos? “Jamás renunciaría a la locura de este mundo, —escribe Faulkner— a pesar de su infinita tristeza”. Es lo que hacen todos los grandes narradores: mirar el mundo con los ojos de los muertos.
No hay separación entre el hombre y el mundo natural, nos dice este bello cuento
Chesterton escribió que las dos cárceles que amenazan la libertad de los hombres son la cárcel del puritanismo y la cárcel del pesimismo, y El Decamerón logra escapar de las dos y, como el cuarto de los niños, “guarda goces que el puritano no puede prohibir ni el pesimista negar”. El mundo del relato sustituye al paraíso y nos lo recuerda. Hay al final de Otelo un momento extraordinario. Desdémona consciente de que no logrará convencer a Otelo de su inocencia le pide que al menos la regale esa noche. “Por favor, le dice, mátame mañana”. Ese tiempo robado a la muerte es el tiempo del relato. Tendrás una nueva historia, le dice Sherezade al sultán, si me concedes un día más. Ese tiempo se confunde con el que nuestras bellas damas y sus dispuestos caballeros tratan de ganar con sus historias. Estamos en el mundo de Sherezade, donde contar es pedir a la vida un día más. Contar para seguir en el mundo contemplando su locura y su belleza.
El libro de Boccaccio fue prohibido por la iglesia, pero conoció un inmediato e inmenso éxito popular. Uno de sus cuentos más encantadores narra la historia del encuentro de dos amantes muy jóvenes. Se han enamorado y ella, que no sabe cómo librarse de la vigilancia de sus padres, finge pasar mucho calor en su alcoba durante las noches y logra que le dejen dormir en la terraza, donde el aire es más fresco y donde podrá disfrutar del canto del ruiseñor. Será allí donde se reúna con su enamorado. Mas una noche, tras el repetido goce, la parejita se queda dormida y el padre de ella les descubre al amanecer en el lecho. Ambos están desnudos y ella tiene en su mano el sexo de su amigo. El hombre corre a buscar a su esposa y le dice que se levante de prisa y que vaya a ver cómo su hija ha cogido y tiene en su mano el ruiseñor que tanto le gustaba. Los dos deciden hacer la vista gorda y limitarse a casarles. El sexo en esta historia es visto como un deseo natural que no cabe aplazar, y a cuya gozosa ley hay que rendirse. Devuelve a la naturaleza a los jóvenes amantes, les pone en contacto con las otras criaturas del mundo, transforma la terraza en que duermen en ese “cuarto de los niños” al que se refiere Chesterton.
El tema central del libro es el ser humano real, con sus virtudes y defectos
El Decamerón está compuesto por cien relatos. Sus argumentos no son por lo general invención de Boccaccio; de hecho, se basan en fuentes italianas más antiguas o, en ocasiones, en fuentes francesas o latinas. En realidad, casi todos los relatos giran sobre deseo el sexual y sobre cómo arreglárselas para satisfacerle. No hay en ello atisbo de culpa, pues hombres y mujeres no hacen sino servir a la naturaleza, que es quien pone en ellos los deseos que deben satisfacer, por lo que el mal nunca está en el sexo en sí sino en quienes lo pervierten con sus prejuicios, su hipocresía o sus intereses. Todo esto queda claro en la historia más bella del libro: la historia de la desdichada Lisabetta. Sus hermanos matan a su joven amante, pero este le revela en un sueño donde está su cuerpo y ella, tras desenterrarlo, toma su cabeza y la esconde en un tiesto de albahaca que cuida en su cuarto. La albahaca florece llena de hermosura gracias a las lágrimas de la infeliz amante, lo que hace sospechar a los hermanos que, al descubrir su secreto, harán desaparecer la cabeza para evitar que pueda descubrirse su crimen, lo que termina causando la muerte a la pobre muchacha.
No hay separación entre el hombre y el mundo natural, nos dice este bello cuento. El cuerpo amado vuelve a la tierra de donde regresa transformado en una albahaca. Estamos en el reino de las metamorfosis, cantado por Ovidio, donde los cuerpos se transforman en árboles, ríos o constelaciones, siguiendo la leyes eternas de las correspondencias. Y no importa lo triste que sea el final del cuento, lo que quedará en nuestra memoria es la imagen de esa albahaca floreciendo en el balcón de la muchacha. Nada puede agotar el mundo del deseo y el de la belleza. Una albahaca nos dice que el amor es fuerte como la muerte; y el canto de un ruiseñor, que no se puede causar daño o perjuicio a las cosas hermosas del mundo. Cosas así podemos leer en este libro admirable.
Gustavo Martín Garzo es escritor.

jueves, 4 de julio de 2013

BOCCACCIO. "Fortuna de Giovanni Boccaccio". Alberto Manguel


   En "El País":
700 ANIVERSARIO DEL AUTOR DE 'EL DECAMERÓN'

Fortuna de Giovanni Boccaccio

A siete siglos del nacimiento de Boccaccio, los escritores y ensayistas Alberto Manguel y Carlos García Gual reivindican no solo su dimensión literaria, sino también la del pensador y el humanista

 4 JUL 2013
La Fortuna, como los contemporáneos de Boccaccio bien sabían, hace que, para la posteridad, nuestra persona sea pocas veces la que nosotros imaginamos. Boccaccio se definió a sí mismo ante todo como poeta, como estudioso de las lenguas, como pensador, y sólo en última instancia como narrador: la ficción le importaba menos que la filosofía y la historia, o le importaba sobre todo como vehículo para la filosofía y la historia.
Fue un precursor iluminado de la gran literatura renacentista, y pudo escribir tanto en el latín de su amado Cicerón como en la nueva lengua toscana que compartió con Dante y Petrarca. Este último fue su maestro y lo incitó a conocer los clásicos paganos, pero Dante fue su ídolo. Como crítico literario, Boccaccio fue uno de los primeros y más astutos lectores de Dante, y el autor de su primera importante biografía, estableciendo el método de lectura de la Comedia (a la cual dio el epíteto de “divina”) empleado aún hoy por los especialistas dantescos, que consiste en analizar el poema canto por canto y verso por verso (antes de su muerte en 1375 sólo llegó a comentar los diecisiete primeros cantos del Infierno). Como lingüista, Boccaccio se convirtió en uno de los más ardientes defensores de la lengua y la literatura griegas en Italia, ufanándose de haber rescatado a Homero para sus contemporáneos. Como narrador, compuso una de las primeras novelas psicológicas, la epistolar Elegía de Madonna Fiametta y también, sobre todo, una de las más entretenidas colecciones de cuentos de todos los tiempos, El Decamerón.
Los herederos de Boccaccio son numerosos y a veces inesperados. En Inglaterra, Chaucer compuso sus Cuentos de Canterbury inspirado en su lectura de El Decamerón, y Shakespeare conoció su Filostrato antes de escribir Troilo y Crésida. Sus Poemas pastorales ayudaron a popularizar en Italia el género que luego retomaron Garcilaso y Góngora en España y su humor, inteligencia y desenfado pueden sentirse en autores tan diversos como Rabelais y Bertold Brecht, Mark Twain y Karel Capek, Gómez de la Serna e Italo Calvino.
Es sorprendente que solo ‘El Decamerón’ haya sobrevivido a la pereza de los lectores
Es sorprendente que sólo El Decamerón haya sobrevivido al descuido y a la pereza de los lectores y si hoy, ocho siglos después de su nacimiento, decimos que Boccaccio es un clásico, es a esa prodigiosa colección de narraciones que el autor debe su fama. El resto de sus notables escritos —desde su revolucionario compendio prefeminista, Acerca de mujeres famosas, hasta su monumental Genealogía de los dioses paganos— han sido mayormente olvidados. Su obra más célebre, El Decamerón, es recordada menos como un gran fresco literario, inmenso retrato de la apasionada y compleja Italia del siglo XIV, que como una recopilación de anécdotas más o menos escabrosas, juzgadas obscenas. Para la mayoría del público, sobre todo para aquellos que no lo han leído, El Decamerón consiste exclusivamente en bromas soeces, adulterios, infidelidades y orgías protagonizadas por campesinos priápicos, aldeanas ninfómanas, nobles insaciables, curas lúbricos y monjas desvergonzadas.
Casi desde su difusión inicial, la censura contribuyó en no poca medida a la celebridad de Boccaccio. El Decamerón fue condenado desde el púlpito, incluido en el Index de la Iglesia católica, tachado de pornografía por las autoridades aduaneras del mundo entero y echado a la hoguera en sitios tan diversos como el sur de Estados Unidos y la China de Mao. Durante el franquismo, audaces libreros vendían a escondidas ejemplares pirateados, empaquetados en papel marrón.
Por supuesto, a pesar de la constreñida lectura de los censores, la calidad erótica de El Decamerón es sólo uno de sus matices, y por cierto no el más importante. Bajo la sombra de la terrible peste que azotó Florencia en el siglo XIV, los cuentos que comparten los diez jóvenes que escapan de la ciudad contaminada son una crónica del mundo en el que viven. Amores, tragedias, embustes, traiciones, amistades fieles, promesas cumplidas e incumplidas, confabulaciones, crisis de fe, subversiones y momentos de epifanía componen un mosaico bullicioso y sobrecogedor en el que la peste que enmarca a los narradores (y a la narración misma) se convierte en una suerte de memento mori, recordándoles a la vez su propia mortalidad y su inescapable condición de seres conscientes en un mundo difícil e injusto. Boccaccio consideraba la Comedia de Dante como la obra literaria más perfecta; componiendo El Decamerón quiso tal vez responder a esa sublime visión ultraterrena con la suya, humildemente arraigada en este mundo.
Shakespeare, Brecht, Chaucer, Góngora o Twain son algunos de sus herederos
Pocos asocian a Boccaccio con la noción de humildad: agreguemos a esta la compasión. En sus diversas obras magistrales, Boccaccio investiga las aventuras y desventuras de personajes imaginarios e históricos, de héroes y seres comunes, y también de los dioses, y en todos ellos el lector siente que Boccaccio se apiada de la condición de todos estos seres.
Hablando de su querido Dante, apunta en uno de sus comentarios que el autor de la Comedia “demuestra compasión no sólo hacia las almas que oye confesarse, sino más bien hacia sí mismo”. Boccaccio entiende que en las almas del otro mundo, Dante reconoce sus propias flaquezas y sufrimientos. Implícita en la alabanza, está la confesión que Boccaccio también se reconoce en sus hombres y mujeres. En la dedicatoria de Acerca de mujeres famosas, Boccaccio pide a la Condesa de Altavilla que se atreva a descubrir en las acciones de ciertas heroínas paganas un ejemplo de su propia conducta. Es una forma de decir que él, su autor, se sabe reflejado en sus criaturas hechas de palabras, palabras que han sobrevivido ocho siglos para servir ahora, en otra época no menos sufrida e injusta que la suya, de necesario espejo a sus nuevos lectores.

BOCCACCIO. "De dioses, mitos y literatura". Carlos García Gual


   En "El País":

De dioses, mitos y literatura

Más allá de 'El Decamerón', queda otro Boccaccio

Con sus obras latinas abrió camino a los humanistas del Renacimiento

 4 JUL 2013 
Los lectores actuales identifican a Boccaccio como el autor de El Decamerón,el gran fabulador de relatos eróticos y pícaros, indudable pionero de la novelística europea. Pero queda otro Boccaccio, que con sus obras latinas abrió camino a los humanistas del Renacimiento. Y convendría no olvidarlo ahora al celebrar el séptimo centenario de su nacimiento.
Me refiero al autor de la gran enciclopedia mitológica sobre los dioses y héroes antiguos, ese extenso y doctísimo repertorio, en quince libros, en el que trabajó durante sus últimos veinticinco años, titulado Genealogia deorum gentilium y publicado al fin de sus días, de asombrosa difusión e influencia durante los dos siglos siguientes. Recibió el encargo de escribir ese vademecum sobre “los dioses de los gentiles” del rey de Chipre, Hugo IV de Lusignan, hacia 1350, y lo dejó concluido hacia 1375. En tal empeño fue alentado también por su gran amigo Petrarca, y logró concluir esa amplia y magnífica recuperación de la herencia mítica del paganismo, concebida no sólo como un prodigio de erudición, sino, ante todo, como un rescate de la gran narrativa poética de los antiguos, no ya mensaje teológico sino una incomparable fiesta de la fantasía.
En su torrencial prosa latina quiso reconquistar el encanto de los antiguos mitos y lo hizo con inusitado fervor hacia ese mundo pagano, despreciado por los clérigos medievales. En el admirable Libro XIV reivindica con vivo entusiasmo el valor de la poesía para la vida y el conocimiento del mundo, adelantándose al Humanismo.
Todo el fervor pagano del Renacimiento lo anuncia ya Boccaccio a través de su manifiesta simpatía hacia la poesía que pervive en los mitos antiguos. Él fue además, recordémoslo, el primero en lograr leer en Occidente, tras muchos siglos de desconocimiento, La Odisea y La Ilíada de Homero, traducidas a petición suya por un turbio monje bizantino, y pudo enorgullecerse de inaugurar el contacto con esos textos aurorales. Fue también Boccaccio quien descubrió en la abadía de Monte Casino los primeros manuscritos de Apuleyo y de Tácito, entre otros.
Desde 1461 el amigo de Petrarca no escribió novelas en su vivaz italiano, sino doctos textos en latín: la Genealogia y un par de obras menores. Pero, evidentemente, este otro es el mismo: el inaugurador de la novelística en lengua vulgar, el escritor de El Decamerón, la Fiammetta y el Corbaccio, que, algo más viejo, contempla el mundo humano desde su atalaya con renovado vigor poético y vuelve su mirada hacia los mitos clásicos. Más allá de las distintas lenguas y diversos temas, el autor mundano y satírico novelista y el erudito latinista no dejan de ser un mismo y único y genial Boccaccio. Es fácil ver un eje común entre una y otra etapa: el inagotable amor a la fantasía narrativa, lo que Goethe llamaba Lust zu fabulieren.
La admiración y la deuda de nuestra literatura europea hacia Boccaccio, estupendo narrador y temprano humanista, resulta, por tanto, doble.

martes, 6 de octubre de 2009

NARRATIVA. El "Decamerón", de Boccaccio. Jornada cuarta. Introducción y NOVELA PRIMERA

Boccaccio por Andrea del Castagno

CUARTA JORNADA


COMIENZA LA CUARTA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN LA CUAL, BAJO EL GOBIERNO DE FILOSTRATO, SE RAZONA SOBRE AQUELLOS CUYOS AMORES TUVIERON UN FINAL INFELIZ.


Carísimas señoras, tanto por las palabras oídas a los hombres sabios como por las cosas por mí muchas veces vistas y leídas, juzgaba yo que el impetuoso viento y ardiente de la envidia no debía golpear sino las altas torres y las más elevadas cimas de los árboles; pero en mi opinión me encuentro sobremanera engañado. Porque huyendo yo, y habiéndome siempre ingeniado en huir el fiero ímpetu de ese rabioso espíritu, no solamente por las llanuras sino también por los profundísimos valles, callado y escondido, me he ingeniado en andar; lo que puede aparecer asaz manifiesto a quien las presentes novelitas mira, que no solamente en florentino vulgar y en prosa están escritas por mí y sin título sino también en estilo humildísimo y bajo cuanto más se puede, y no por todo ello he podido dejar de ser fieramente atacado por tal viento (hasta casi desarraigado) y de ser todo lacerado por los mordiscos de la envidia ; por lo que asaz manifiestamente puedo comprender que es verdad lo que suelen decir los sabios que sólo la miseria deja de ser envidiada en este mundo presente. Pues ha habido quienes, discretas señoras, leyendo estas novelitas, han dicho que vosotras me gustáis demasiado y que no es cosa honesta que yo tanto deleite tome en agradaros y consolaros y algunos han dicho peor: que en alabaros como lo hago. Otros, mostrando querer hablar más reflexivamente, han dicho que a mi edad no está bien perseguir ya estas cosas: esto es, hablar de mujeres y complacerlas.


Y muchos, muy preocupados por mi fama mostrándose, dicen que más sabiamente haré en estar con las musas en el Parnaso que en estas chácharas mezclarme con vosotras. Y hay quienes, más despechada que sabiamente hablando, han dicho que haría más discretamente en pensar dónde podría encontrar el pan que tras estas necedades andar palpando el viento. Y algunos otros, que de otra guisa han sido las cosas por mí contadas que como os las digo, se ingenian en detrimento de mis trabajos en demostrar. Así, por tantos y tales soplos, por tan atroces dientes, por tan agudos, valerosas señoras, mientras en vuestro servicio milito, estoy azotado, molestado y, en fin, crucificado vivo. Las cuales cosas con tranquilo ánimo, sábelo Dios, escucho y oigo, y aunque a vos en esto corresponda por completo mi defensa, no menos entiendo yo no ahorrar mis fuerzas y sin responder cuanto sería conveniente, con alguna ligera respuesta quitármelos de las orejas, y hacer esto sin tardanza porque si ya, no habiendo llegado al tercio de mi trabajo, son ellos muchos y mucho presumen, pienso que antes de que llegue al final podrán haberse multiplicado de manera (no habiendo sufrido antes ninguna repulsa) que con poco esfuerzo suyo me hundirían, y contra ellos, por muy grandes que sean, no podrían resistir vuestras fuerzas. Pero antes de que comience a responder a alguien, me place contar en mi favor no una historia entera, para que no parezca que quiero mis historias con aquellas de tan loable compañía como fue la que os he mostrado mezclar, sino parte de una, para que en su misma forma incompleta se muestre que no es de aquéllas; y hablando a mis detractores, digo que: En nuestra ciudad, hace ya mucho tiempo, hubo un ciudadano que fue llamado Filippo Balducci, hombre de condición asaz modesta, pero rico y bien despachado y hábil en las cosas cuanto su estado lo requería; y tenía a una señora por mujer a quien tiernamente amaba, y ella a él, y juntos llevaban una feliz vida, en ninguna otra cosa poniendo tanto afán como en agradarse enteramente el uno al otro. Ahora, sucedió que, como sucede a todos, la buena señora falleció y nada dejó suyo a Filippo sino un único hijo concebido de él, que de edad de unos dos años era. Él, por la muerte de su mujer tan desconsolado se quedó como nunca quedó nadie al perder la cosa amada; y viéndose quedar solo sin la compañía que más amaba, se decidió por completo a no pertenecer más al mundo sino dedicarse al servicio de Dios, y hacer lo mismo de su pequeño hijo. Por lo que, dando todas sus cosas por el amor de Dios, sin demora se fue a lo alto del Monte Sinerio y allí en una pequeña celda se metió con su hijo, con el cual, de limosnas y en ayunos y en oraciones viviendo, sumamente se guardaba de hablar, allí donde estaba, de ninguna cosa temporal ni de dejarle ver ninguna de ellas, para que no lo apartasen de tal servicio, sino que siempre de la gloria de la vida eterna y de Dios y de los santos hablaba, no enseñándole otra cosa sino santas oraciones: y en esta vida muchos años le tuvo, no dejándolo nunca salir de la celda ni mostrándole ninguna cosa más que a sí mismo. Acostumbraba el buen hombre a venir alguna vez a Florencia, y de allí, según sus necesidades ayudado por los amigos de Dios, a su celda se volvía. Ahora, sucedió que siendo ya el muchacho de edad de dieciocho años, y Filippo viejo, un día le preguntó que dónde iba. Filippo se lo dijo; al cual dijo el muchacho:


-Padre mío, vos sois ya viejo y mal podéis soportar los trabajos; ¿por qué no me lleváis una vez a Florencia, para que, haciéndome conocer a los amigos de Dios y vuestros, yo, que soy joven y tengo más fuerzas que vos, pueda luego ir a Florencia a vuestros asuntos cuando lo deseéis, y vos quedaros aquí? El buen hombre, pensando que ya su hijo era grande, y estaba tan habituado al servicio de Dios que difícilmente las cosas del mundo debían ya poder atraerlo, se dijo: «Bien dice éste».


Por lo que, teniendo que ir, lo llevó consigo. Allí el joven, viendo los edificios, las casas, las iglesias y todas las demás cosas de que toda la ciudad se ve llena, como quien no se acordaba de haberlas visto, comenzó a maravillarse grandemente, y sobre muchas preguntaba al padre qué eran, y cómo se llamaban. El padre se lo decía y él, quedándose contento al oírlo, le preguntaba otra cosa. Y preguntando de esta manera el hijo y respondiendo el padre, por ventura se tropezaron con un grupo de bellas muchachas jóvenes y adornadas que de una fiesta de bodas venían; a las cuales, en cuanto vio el joven, le preguntó al padre que qué eran.


El padre le dijo:


-Hijo mío, baja la vista, no las mires, que son cosa mala. Dijo entonces el hijo:


-Pero ¿cómo se llaman?


El padre, por no despertar en el concupiscente apetito del joven ningún proclive deseo menos que conveniente, no quiso nombrarlas por su propio nombre, es decir, «mujeres», sino que dijo: -Se llaman gansas.


¡Maravillosa cosa de oír! Aquel que nunca en su vida había visto ninguna, no preocupándose de los palacios, ni del buey, ni del caballo, ni del asno, ni de los dineros ni de otra cosa que visto hubiera, súbitamente dijo:


-Padre mío, os ruego que hagáis que tenga yo una de esas gansas. -¡Ay, hijo mío! -dijo el padre-, calla: son cosa mala.


El joven, preguntándole, le dijo:


-¿Pues así son las cosas malas?


-Sí -dijo el padre.


Y él dijo entonces:


-No sé lo que decís, ni por qué éstas sean cosas malas: en cuanto a mí, no me ha parecido hasta ahora ver nunca nada tan bello ni tan agradable como ellas. Son más hermosas que los corderos pintados que me habéis enseñado muchas veces. ¡Ah!, si os importo algo, haced que nos llevemos una allá arriba de estas gansas y yo la llevaré a pastar.


Dijo el padre:


-No lo quiero; ¡no sabes tú dónde pastan!


Y sintió incontinenti que la naturaleza era más fuerte que su ingenio, y se arrepintió de haberlo llevado a Florencia. Pero haber hasta aquí contado de la presente novela me basta, y dirigirme a quienes la he contado.


Dicen, pues, algunos de mis censores que hago mal, oh jóvenes damas, esforzándome demasiado en agradaros; y que vosotras demasiado me agradáis. Las cuales cosas abiertísimamente confieso; es decir, que me agradáis y que me esfuerzo en agradaros; y les pregunto si de esto se maravillan considerando no ya el haber conocido el amoroso besarse y el placentero abrazarse y los ayuntamientos deleitosos que con vos, dulcísimas señoras, se tienen muchas veces, sino solamente el haber visto y ver continuamente las corteses costumbres y la atractiva hermosura y la cortés gallardía y además de todo esto, vuestra señoril honestidad: cuando aquel que nutrido, criado, crecido en un monte salvaje y solitario, dentro de los límites de una pequeña celda, sin otra compañía que el padre, al veros, solas por él deseadas fuisteis, solas con afecto seguidas.


¿Habrían de reprenderme, de amonestarme, de castigarme éstos si yo, cuyo cuerpo el cielo produjo apto para amaros, y yo desde mi infancia el alma os dediqué al sentir el poder de la luz de vuestros ojos, la suavidad de las palabras melifluas y las llamas encendidas por los compasivos suspiros, si me agradáis y si yo en agradaros me esfuerzo; y especialmente teniendo en cuenta que antes que nada agradasteis a un ermitañito, a un jovencillo sin sentido, casi a un animal salvaje? Por cierto que quien no os ama y por vos no desea ser amado, como persona que ni los placeres ni la virtud de la natural afección siente ni conoce me reprende: y poco me preocupo por ello. Y quien contra mi edad va hablando muestra que mal conoce que aunque el perro tiene la cabeza blanca, la cola la tiene verde; a los cuales, dejando a un lado las bromas, respondo que nunca reputaré vergonzoso para mí hasta el final de mi vida el complacer a aquellas cosas a las que Guido Cavalcanti y Dante Alighieri ya viejos, y micer Gino de Pistoia viejísimo tuvieron en honor, y buscaron su placer .


Y si no fuese que sería salirme del modo que se acostumbra a hablar, traería aquí en medio la historia, y la mostraría llena de hombres viejos y valerosos que en sus más maduros años sumamente se esforzaron en complacer a las damas, lo que si ellos no lo saben, que vayan y lo aprendan. Que se quede con las musas en el Parnaso, afirmo que es un buen consejo: pero no siempre podemos quedarnos con las musas ni ellas con nosotros. Si cuando sucede que el hombre se separa de ellas, se deleita en ver cosa que se las asemejan no es de reprochar: las musas son mujeres, y aunque las mujeres lo que las musas valen no valgan, sin embargo tienen en el primer aspecto semejanza con ellas, así que aunque por otra cosa no me agradasen, por ello debían agradarme; sin contar con que las mujeres ya fueron para mí ocasión de componer mil versos mientras las musas nunca me fueron de hacer ninguno ocasión. Ellas me ayudaron bien y me mostraron cómo componer aquellos mil; y tal vez para escribir estas cosas, aunque humildísimas sean, también han venido algunas veces a estar conmigo, en servicio tal vez y en honor de la semejanza que las mujeres tienen con ellas; por lo que, tejiendo estas cosas, ni del Monte Parnaso ni de las Musas me separo tanto cuanto por ventura muchos creen.


Pero ¿qué diremos a aquellos que de mi fama tienen tanta compasión que me aconsejan que me busque el pan? Ciertamente no lo sé, pero, queriendo pensar cuál sería su respuesta si por necesidad se lo pidiera a ellos, pienso que dirían: «¡Búscatelo en tus fábulas!». Y ya más han encontrado entre sus fábulas los poetas que muchos ricos entre sus tesoros, y muchos ha habido que andando tras de sus fábulas hicieron florecer su edad, mientras por el contrario, muchos al buscar más pan del que necesitaban, murieron sin madurar. ¿Qué diré más? Échenme con malos modos esos tales cuando se lo pida, si bien con la merced de Dios todavía no lo necesito y si me sobreviniese la necesidad yo sé, según el Apóstol, vivir en la abundancia y padecer la miseria; y por ello nadie se preocupe de mí sino yo. Y los que dicen que estas cosas no han sido así, me gustaría mucho que encontrasen los originales, que si fueran discordantes de lo que yo escribo, justa diré que es su reprimenda y en corregirme yo mismo me ingeniaré; pero mientras no aparezca nada sino palabras, les dejaré con su opinión, siguiendo la mía, diciendo de ellos lo que ellos dicen de mí. Y queriendo haber respondido bastante por esta vez, digo que con la ayuda de Dios y la vuestra, gentilísimas señoras, en quien espero, armado y con buena paciencia, con esto procederé adelante, volviendo las espaldas a este viento y dejándolo soplar, porque no veo que pueda sucederme a mí otra cosa que le sucede al menudo polvo, el cual, soplando el torbellino, o de la tierra no lo mueve, o si lo mueve lo lleva a lo alto y muchas veces sobre la cabeza de los hombres, sobre las coronas de los reyes y de los emperadores, y a veces sobre los altos palacios y sobre las excelsas torres lo deja; de las cuales, si cae, más abajo no puede llegar del lugar adonde fue llevado. Y si alguna vez con toda mi fuerza a complaceros en algo me dispuse, ahora más que nunca me dispondré, porque conozco que otra cosa nadie podrá decir con razón sino que los demás y yo, que os amamos, naturalmente obramos; a cuyas leyes (de la naturaleza) para querer oponerse, demasiado grandes fuerzas se necesitan y muchas veces no solamente en vano sino con grandísimo daño del que se afana se ponen en obra. Las cuales fuerzas, confieso que no las tengo ni deseo tenerlas en esto, y si las tuviese, antes a otros las prestaría que las usaría para mí. Por lo que cállense los reprensores, y si calentarse no pueden, vivan congelados, y en sus deleites (más bien apetitos corruptos) estándose, a mí en el mío, en esta breve vida que se nos da, me dejen tranquilo. Pero hemos de volver, porque bastante hemos divagado, oh hermosas señoras, allá de donde partimos, y el orden empezado seguir. Arrojado había el sol ya del cielo a todas las estrellas y de la tierra la húmeda sombra de la noche, cuando Filostrato, levantándose, a toda su compañía hizo levantar, y yendo al hermoso jardín, por allí empezaron a pasearse; y venida la hora de la comida, almorzaron aquí donde habían cenado la noche pasada. Y de dormir, estando el sol en su mayor altura, levantándose, de la manera acostumbrada cerca de la hermosa fuente se sentaron, y entonces Filostrato a Fiameta mandó que principio diese a las historias, la cual, sin esperar más a que dicho le fuese, señorilmente así comenzó:






NOVELA PRIMERA


Tancredo, príncipe de Salerno, mata al amante de su hija y le manda el corazón en una copa de oro; la cual, echando sobre él agua envenenada, se la bebe y muere .


Duro asunto para tratar nos ha impuesto hoy nuestro rey, si pensamos que cuando para alegrarnos hemos venido, tenemos que hablar de las lágrimas de otros, que no pueden contarse sin que deje de sentir compasión quien las cuenta y quien las escucha. Tal vez por moderar un tanto la alegría sentida los días pasados lo ha hecho; pero sea lo que le haya movido, como a mí no me incumbe cambiar su gusto, un caso lastímero, y por lo mismo desventurado y digno de nuestras lágrimas, contaré. Tancredo, príncipe de Salerno , fue señor asaz humano, y de benigno talante, si en amorosa sangre, en su vejez, no se hubiera ensuciado las manos; el cual en todo el tiempo de su vida no tuvo más que una hija, y más feliz hubiera sido si no la hubiese tenido. Ésta fue por el padre tan tiernamente amada cuanto hija alguna vez fuese amada por su padre; y por este tierno amor, habiendo ella ya pasado en muchos años la edad de tener marido, no sabiendo cómo separarla de él, no la casaba; luego, por fin, habiéndola dado por mujer a un hijo del duque de Capua, viviendo con él poco tiempo, se quedó viuda y volvió con su padre. Era hermosísima en el cuerpo y el rostro como la mujer que más lo hubiera sido, y joven y gallarda, y más discreta de lo que por ventura convenía a una mujer serlo. Y viviendo con el amante padre como una gran señora, en mucha blandura, y viendo que su padre, por el amor que le tenía, poco cuidado se tomaba por casarla otra vez, y a ella cosa honesta no le parecía pedírselo, pensó en tener, ocultamente si podía hallarlo, un amante digno de ella. Y viendo a muchos hombres en la corte de su padre, nobles y no, como nosotros los vemos en las cortes, y consideradas las maneras y las costumbres de muchos, entre los otros un joven paje del padre cuyo nombre era Guiscardo, hombre de nacimiento asaz humilde pero por la virtud y las costumbres noble, más que otro le agradó y por él calladamente, viéndolo a menudo, ardientemente se inflamó, estimando cada vez más sus maneras. Y el joven, que no dejaba de ser perspicaz, habiéndose fijado en ella, la había recibido en su corazón de tal manera que de cualquiera otra cosa que no fuera amarla tenía alejada la cabeza. De tal guisa, pues, amándose el uno al otro secretamente, nada deseando tanto la joven como encontrarse con él, ni queriéndose sobre este amor confiarse a nadie, para poderle declarar su intención inventó una rara estratagema. Escribió una carta, y en ella lo que tenía que hacer el día siguiente para estar con ella le mostró; y luego, puesta en el hueco de una caña, jugando se la dio a Guiscardo diciendo: -Con esto harás esta noche un soplillo para tu sirvienta con que encienda el fuego. Guiscardo la tomó, y pensando que no sin razón debía habérsela dado y dicho aquello, marchándose, con aquello volvió a su casa, y mirando la caña, y viéndola hendida, la abrió y, hallada dentro la carta de ella y leída, y bien entendido lo que tenía que hacer, se sintió el hombre más contento que ha habido en el mundo, y se dedicó a prepararse para reunirse con ella según el modo que le había mostrado. Había junto al palacio del príncipe una gruta cavada en el monte, hecha en tiempos lejanísimos, a la que daba luz un respiradero abierto en el monte; el cual, como la gruta estaba abandonada, por zarzas y por hierbas nacidas por encima, estaba casi obturado; y a esta gruta, por una escala secreta que había en una de las cámaras bajas del palacio, que era la de la señora, podía bajarse, aunque con un fortísimo portón cerrada estaba. Y estaba tan fuera de la cabeza de todos esta escala, porque hacía muchísimo tiempo que no se usaba, que casi ninguno de los que allí vivían la recordaba; pero Amor, a cuyos ojos nada está tan secreto que no lo alcance, se la había traído a la memoria a la enamorada señora . La cual, para que nadie de ello apercibirse pudiera, muchos días con sus arneses mucho había trabajado para que aquel portón pudiera abrirse; abierto el cual, y sola bajando a la gruta y visto el respiradero, por él había mandado decir a Giuscardo que se industriase en bajar, habiéndole dibujado la altura de aquél a la tierra haber podía. Y para cumplir esto, Guiscardo prestamente, preparada una soga con ciertos nudos y lazadas para poder descender y subir por ella, y vestido con un cuero que de las zarzas le protegiese, sin haber dicho nada a nadie, a la noche siguiente al respiradero se fue, y acomodando bien uno de los cabos de la soga a un fuerte tocón que en la boca del respiradero había nacido, por ella bajó a la gruta y esperó a la señora. La cual, al día siguiente, fingiendo querer dormir, mandadas afuera sus damiselas y encerrándose sola en la alcoba, abierto el portón, a la gruta bajó, donde, encontrando a Guiscardo, uno a otro maravillosas fiestas se hicieron, y viniendo juntos a su alcoba, con grandísimo placer gran parte de aquel día se quedaron, y puesto discreto orden en sus amores para que fuesen secretos, volviéndose a la gruta Guiscardo y ella cerrando el portón, con sus damiselas se vino afuera.


Guiscardo luego, al venir la noche, subiendo por su soga, por el respiradero por donde había entrado salió afuera y se volvió a su casa; y habiendo aprendido este camino, muchas veces luego, andando el tiempo, allí retornó. Pero la fortuna, envidiosa de tan largo y de tan grande deleite, con un doloroso suceso el gozo de los dos amantes volvió triste llanto. Acostumbraba Tancredo a venir alguna vez solo a la cámara de su hija, y allí hablar con ella y quedarse un rato, y luego irse; el cual, un día después de comer, bajando allí, estando la señora, que Ghismunda tenía por nombre, en un jardín suyo con todas sus damiselas, en ella entrando, sin haber sido por nadie visto u oído, no queriendo apartarla de su distracción, encontrando las ventanas de la alcoba cerradas y las cortinas de la cama echadas, junto a ellas en una esquina se sentó en un almohadón; y apoyando la cabeza en la cama y cubriéndose con la cortina, como si deliberadamente se hubiera escondido allí, se quedó dormido. Y estando durmiendo de esta manera, Ghismunda, que por desgracia aquel día había hecho venir a Guiscardo, dejando a sus damiselas en el jardín, calladamente entró en la alcoba y, cerrándola, sin apercibirse de que nadie estuviera allí, abierto el portón a Guiscardo que la esperaba y yéndose los dos a la cama como acostumbraban, y juntos jugando y solazándose, sucedió que Tancredo se despertó y oyó y vio lo que Guiscardo y su hija hacían; y dolorido por ello sobremanera, primero quiso gritarles, luego tomó el partido de callarse y de quedarse escondido, si podía, para poder más cautamente obrar y con menor vergüenza suya lo que ya le había venido la intención de hacer. Los dos amantes estuvieron largo tiempo juntos como acostumbraban, sin apercibirse de Tancredo; y cuando les pareció tiempo, bajándose de la cama, Guiscardo se volvió a la gruta y ella salió de la alcoba. De la cual Tancredo, aunque era viejo, desde una ventana bajó al jardín y sin ser visto por nadie, mortalmente dolorido, a su cámara volvió. Y por una orden que dio, al salir del respiradero, la noche siguiente durante el primer sueño, Guiscardo, tal como estaba con la vestimenta de cuero embarazado, fue apresado por dos y secretamente llevado a Tancredo; el cual, al verle, casi llorando dijo: -Guiscardo, mi benignidad contigo no merecía el ultraje y la vergüenza que en mis cosas me has hecho, como he visto hoy con mis propios ojos.


Al cual, Guiscardo, nada respondió sino esto:


-Amor puede mucho más de lo que podemos vos y yo.


Mandó entonces Tancredo que calladamente en alguna cámara de allí adentro guardado fuese; y así se hizo. Venido el día siguiente, no sabiendo Ghismunda nada de estas cosas, habiendo Tancredo consigo mismo pensado varios y diversos procedimientos, después de comer, según su costumbre se fue a la cámara de la hija, donde haciéndola llamar y encerrándose dentro con ella, llorando comenzó a decirle: -Ghismunda, pareciéndome conocer tu virtud y tu honestidad, nunca habría podido caberme en el ánimo, aunque me lo hubieran dicho, si yo con mis ojos no lo hubiera visto, que someterte a algún hombre, si tu marido no hubiera sido, hubieses no ya hecho sino ni aun pensado; por lo que yo en este poco resto de vida que mi vejez me conserva siempre estaré dolorido al recordarlo. Y hubiera querido Dios que, pues que a tanta deshonestidad encaminarte debías, hubieses tomado un hombre que a tu nobleza hubiera sido conveniente; pero entre tantos que mi corte frecuentan, elegiste a Guiscardo, joven de condición vilísima en nuestra corte casi como por el amor de Dios desde niño hasta este día criado; por lo que en grandísimo afán de ánimo me has puesto no sabiendo qué partido tomar sobre ti. De Guiscardo, a quien esta noche hice prender cuando por el respiradero salía y lo tengo en prisión, ya he determinado qué hacer, pero de ti sabe Dios que no sé qué hacer. Por una parte, me arrastra el amor que siempre te he tenido más que ningún padre tuvo a su hija y por la otra me arrastra la justísima ira ocasionada por tu gran locura: aquél quiere que te perdone y éste quiere que contra mi misma naturaleza me ensañe; pero antes de tomar partido, deseo oírte lo que tengas que decir a esto.


Y dicho esto, bajó el rostro, llorando tan fuertemente como habría hecho un muchacho apaleado. Ghismunda, al oír a su padre y al conocer no solamente que su secreto amor había sido descubierto sino que Guiscardo estaba preso, un dolor indecible sintió y de mostrarlo con gritos y con lágrimas, como la mayoría de las mujeres hace, estuvo muchas veces cerca, pero venciendo esta vileza su ánimo altanero, su rostro con maravillosa fuerza contuvo, y se determinó a no seguir con vida antes que proferir alguna súplica por ella misma, imaginando que ya su Guiscardo había muerto, por lo que no como dolorida mujer o arrepentida de su yerro, sino como mujer impasible y valerosa, con seco rostro y abierto y en ningún rasgo alterado, así dijo a su padre:


-Tancredo, ni a negar ni a suplicar estoy dispuesta porque ni lo uno me valdría ni lo otro quiero que me valga; y además de esto, de ningún modo entiendo que me favorezcan tu benevolencia y tu amor sino la verdad confesando, primero defender mi fama con razones verdaderas y luego con las obras seguir firmemente la grandeza de mi ánimo. Es verdad que he amado y amo a Guiscardo, y mientras viva, que será poco, lo amaré y si después de la muerte se ama, no dejaré de amarlo; pero a esto no me indujo tanto mi femenina fragilidad como tu poca solicitud en casarme y la virtud suya. Debe serte, Tancredo, manifiesto, siendo tú de carne, que has engendrado a una hija de carne y no de piedra ni de hierro; y acordarte debías y debes, aunque tú ahora seas viejo, cómo y cuáles y con qué fuerza son las leyes de la juventud, y aunque tú, hombre, en parte de tus mejores años en las armas te hayas ejercitado, no debías, sin embargo, conocer lo que los ocios y las delicadezas pueden en los viejos, no ya en los jóvenes. Soy, pues, como engendrada por ti, de carne, y he vivido tan poco que todavía soy joven, y por una cosa y la otra llena del deseo concupiscente, al que asombrosísimas fuerzas ha dado ya, por haber estado casada, el conocimiento del placer sentido cuando tal deseo se cumple. A cuyas fuerzas, no pudiendo yo resistir, a seguir aquello a lo que me empujaban, como joven y como mujer, me dispuse, y me enamoré. »Y ciertamente en esto puse toda mi virtud al no querer que ni para ti ni para mí, de aquello que al natural pecado me atraía (en cuanto yo pudiera evitarlo) viniese ninguna vergüenza. A lo que el compasivo Amor y la benigna fortuna una muy oculta vía me habían encontrado y mostrado, por la cual, sin nadie saberlo, yo mis deseos alcanzaba: y esto (quien sea que te lo haya mostrado o como quiera que lo sepas) no lo niego. A Guiscardo no escogí por acaso, como muchas hacen, sino que con deliberado consejo lo elegí antes que a cualquiera otro, y con precavido pensamiento lo atraje, y con sabia perseverancia de él y de mí largamente he gozado en mi deseo. En lo que parece que, además de haber pecado por amor, tú, más la opinión vulgar que la verdad siguiendo, con más amargura me reprendes al decir, como si no te hubiese enojado si a un hombre noble hubiera elegido para esto, que con un hombre de baja condición me he mezclado; en lo que no te das cuenta de que no mi pecado sino el de la fortuna reprendes, la cual con asaz frecuencia a los que no son dignos eleva, dejando abajo a los dignísimos. »Pero dejemos ahora esto, y mira un poco los principios del asunto: verás que todos nosotros de una sola masa de carne tenemos la carne, y que por un mismo creador todas las almas con igual fuerza, con igual poder, con igual virtud fueron creadas. La virtud primeramente hizo distinción entre nosotros, que nacemos y nacíamos iguales; y quienes mayor cantidad de ella tenían y la ponían en obra fueron llamados nobles, y los restantes quedaron siendo no nobles. Y aunque una costumbre contraria haya ocultado después esta ley, no está todavía arrancada ni destruída por la naturaleza y por las buenas costumbres; y por ello, quien virtuosamente obra, abiertamente se muestra noble, y si de otra manera se le llama, no quien es llamado sino quien le llama se equivoca.


»Mira, pues, entre tus nobles y examina su vida, sus costumbres y sus maneras, y de otra parte las de Guiscardo considera: si quisieras juzgar sin animosidad, le llamarías a él nobilísimo y a todos estos nobles tuyos villanos. En la virtud y el valor de Guiscardo no creí por el juicio de otra persona, sino por tus palabras y por mis ojos. ¿Quién le alabó tanto cuando tú le alababas en todas las cosas loables que deben ser alabadas en un hombre valeroso? Y ciertamente no sin razón: que si mis ojos no me engañaron, ninguna alabanza fue dicha por ti que yo ponerla en obra, y más admirablemente que podían expresarlo tus palabras, no le viese; y si en ello me hubiera engañado en algo, por ti habría sido engañada. ¿Dirás, pues, que con un hombre de baja condición me he mezclado? No dirás verdad; si por ventura dijeses que con un pobre, con vergüenza tuya podría concederse, que así has sabido a un hombre valioso servidor tuyo traer a buen estado; pero la pobreza no quita a nadie nobleza, sino los haberes. »Muchos reyes, muchos grandes príncipes fueron pobres, y muchos que cavan la tierra y guardan ovejas fueron riquísimos, y lo son. La última duda que me expusiste, es decir, qué debas hacer conmigo, deséchala por completo: si en tu extrema vejez estás dispuesto a hacer lo que de joven no acostumbraste, es decir, a obrar cruelmente, prepárate a ello, sé cruel conmigo porque no estoy dispuesta a rogarte de ningún modo que no lo seas como que eres la primera razón de este pecado, si es que pecado es; por lo que te aseguro que lo que de Guiscardo hayas hecho o hagas si no haces conmigo lo mismo, mis propias manos lo harán. Y ahora anda, vete con las mujeres a derramar lágrimas, y para descargar tu crueldad con el mismo golpe, a él y a mí, si te parece que lo hemos merecido, mátanos".
  
   Conoció el príncipe la grandeza de ánimo de su hija, pero no por ello creyó que estuviese tan firmemente dispuesta a lo que con sus palabras amenazaba como decía; por lo que, separándose de ella y alejando el pensamiento de obrar cruelmente contra ella, pensó con la condenación del otro enfriar su ardiente amor, y mandó a los dos que a Guiscardo guardaban que, sin hacerlo saber a nadie, la noche siguiente lo estrangularan y, arrancándole el corazón, se lo llevasen. Los cuales, tal como se les había ordenado, lo hicieron, por lo que, venido el día siguiente, haciéndose traer el príncipe una grande y hermosa copa de oro y puesto en ella el corazón de Guiscardo, por un fidelísimo sirviente suyo se lo mandó a su hija y le ordenó que cuando se lo diera le dijese:


-Tu padre te envía esto para consolarte con lo que más amas, como le has consolado tú con lo que él más amaba.


Ghismunda, no apartada de su dura decisión, haciéndose traer hierbas y raíces venenosas, luego de que su padre partió, las destiló y las redujo a agua, para tenerla preparada si lo que temía sucediese. Y venido el sirviente a ella con el regalo y con las palabras del príncipe, con inconmovible rostro la copa recibió, y descubriéndola, al ver el corazón y al oír las palabras, tuvo por certísimo que aquél era el corazón de Guiscardo, por lo que, levantando los ojos hacia el sirviente, dijo: -No convenía sepultura menos digna que el oro a tal corazón como es éste; discretamente ha obrado mi padre en esto. -Y dicho esto, acercándoselo a la boca, lo besó y después dijo-: En todas las cosas y hasta en este extremo de mi vida he encontrado tiernísimo el amor que mi padre me tiene, pero ahora más que nunca; y por ello las últimas gracias que debo darle ahora por tan gran presente, de mi parte le darás. -Dicho esto, mirando la copa que tenía abrazada, mirando el corazón, dijo-: ¡Ay!, dulcísimo albergue de todos mis placeres, ¡maldita sea la crueldad de aquel que con los ojos de la cara me hace verte ahora! Bastante me era mirarte a cada momento con los del espíritu. Tú has cumplido ya tu carrera y te has liberado de la que te concedió la fortuna; llegado has al final a donde todos corremos; dejado has las miserias del mundo y las fatigas, y de tu mismo enemigo has recibido la sepultura que tu valor merecía. »Nada te faltaba para recibir cumplidas exequias sino las lágrimas de quien mientras viviste tanto amaste; las que para que las tuvieses, puso Dios en el corazón de mi cruel padre que te mandase a mí, yo te las ofreceré aunque tuviera el propósito de morir con los ojos secos y con el gesto de nada espantado; y después de habértelas ofrecido, sin tardanza alguna haré que mi alma se una a la que, rigiéndola tú, con tanto amor guardaste.


»¿Y en qué compañía podré ir más contenta y más segura a los lugares desconocidos que con ella? Estoy segura de que está todavía aquí dentro y que mira los lugares de sus deleites y los míos, y como quien estoy segura de que sigue amándome, espera a la mía por la cual sumamente es amada. Y dicho esto, no de otra manera que si una fuente en la cabeza tuviese, sin hacer ningún mujeril alboroto, inclinándose sobre la copa, llorando empezó a verter tantas lágrimas que admirable cosa era de ver, besando infinitas veces el muerto corazón. Sus damiselas, que en torno de ella estaban, qué corazón fuese éste y qué querían decir sus palabras no entendían, pero por la piedad vencidas, todas lloraban; y compasivamente le preguntaban en vano por el motivo de su llanto, y mucho más, como mejor podían y sabían, se ingeniaban en consolarla. La cual, después de que cuanto le pareció hubo llorado, alzando la cabeza y secándose los ojos, dijo:


-Oh, corazón muy amado, todos mis deberes hacia ti están cumplidos y nada me queda por hacer sino venir con mi alma a estar en tu compañía.


Y dicho esto, se hizo dar la botijuela donde estaba el agua que el día anterior había preparado; y la echó en la copa donde el corazón estaba, con muchas lágrimas suyas lavado; y sin ningún espanto puesta allí la boca, toda la bebió, y habiéndola bebido, con la copa en la mano subió a su cama, y lo más honestamente que supo colocó sobre ella su cuerpo y contra su corazón apoyó el de su muerto amante, y sin decir palabra esperaba la muerte. Sus damiselas, habiendo visto y oído estas cosas, como no sabían qué agua fuera la que había bebido, a Tancredo habían mandado a decir todo aquello, el cual, temiendo lo que sucedió, bajó prontamente a la alcoba de su hija. Adonde llegó en el momento en que ella se echaba sobre la cama, y tarde, con dulces palabras viniendo a consolarla, viendo el término en que estaba, comenzó doloridamente a llorar; y la señora le dijo:


-Tancredo, guarda esas lágrimas para algún caso menos deseado que éste, y no las viertas por mí que no las deseo. ¿Quién ha visto jamás a nadie llorar por lo que él mismo ha querido? Pero si algo de aquel amor que me tuviste todavía vive en ti, por último don concédeme que, pues que no te fue grato que yo calladamente y a escondidas con Guiscardo viviera, que mi cuerpo con el suyo, dondequiera que lo hayas hecho arrojar muerto, esté públicamente.


La angustia del llanto no dejó responder al príncipe, y entonces la joven, sintiéndose llegar a su fin, estrechando contra su pecho el muerto corazón, dijo:


-Quedaos con Dios, que yo me voy.


Y velados los ojos y perdido todo sentido, de esta dolorosa vida se partió. Tal doloroso fin tuvo el amor de Guiscardo y de Ghismunda, como habéis oído; a los cuales Tancredo, luego de mucho llanto, y tarde arrepentido de su crueldad, con general dolor de todos los salernitanos, honradamente a ambos en un mismo sepulcro hizo enterrar .