martes, 1 de julio de 2014

PRENSA. Sobre Patricia Highsmith. "La reina del escalofrío"

   En "elmundo.es":

La reina del escalofrío



  • Perturbadora, inquietante, enigmática... así es la literatura de la tejana, fallecida en Suiza en 1995. Anagrama reedita ahora todas sus novelas, incluidas las de su gran creación: Ripley.








Tom Ripley nació en Positano. Desde uno de los balcones del Albergo Miramare que cuelgan sobre el Mediterráneo -a la derecha, el golfo de Nápoles; a la izquierda, la carretera que termina de recorrer la costa Amalfitana hasta desembocar en los tres templos griegos del conjunto de Paestum-, Patricia Highsmith vio caminar por la playa a un joven vestido con pantalones cortos y sandalias que parecía un desarraigado en ese entorno idílico. Así nació Tom Ripley, o la primera célula del sociópata de ficción más icónico de la literatura.
Escribir sobre cualquier autor que ha dejado huella en la historia de la literatura significa ponerse en la piel de un cirujano dispuesto a reconstruir vértebra a vértebra una columna vertebral de la que se ramifican los nervios que construyen la personalidad del paciente. En el caso de Patricia Highsmith nos encontramos ante una columna vertebral con escoliosis, en la que cualquier bisturí poco afinado podría enredarse en una ramificación de nervios extremadamente compleja.
En 'The Talented Miss Highsmith', publicada en España por Circe bajo el título 'Patricia Highsmith' y que es hasta la fecha la mejor biografía dedicada a la autora, Joan Shenckar hace una descripción que sirve como punto de partida. ·Lo que era Patricia Highsmith -aparte de una artista marginal con un talento excepcional- es algo parecido al negativo de una vieja fotografía, con todas las partes negras en blanco, y todas las blancas en negro·. Un negativo en el que no cabían los rateros, los fascistas, los creyentes o un simple aparato de televisión, y en el que sí merecían unos miligramos de nitrato de plata las navajas suizas, la obra de Kafka o, por supuesto, la soledad, según escribió la escritora en una lista de 20 cosas que gustan y que no gustan encargada por Diogenes Verlag.
"Lo único que hace que una se sienta viva y feliz es intentar conseguir algo que no puede alcanzar", declaró a la revista 'Cahiers du Cinema' en 1985. Patricia Highsmith siempre se encontró a gusto en la piel de un encantador amoral con alma de asesino como Tom Ripley. Y es en ese reflejo, el mismo yo sin ataduras morales por obra y gracia de una ficción sin ceñimientos, donde se halla la dificultad de abordar la personalidad de una autora que lo que menos fue en vida fue una persona grata con el resto de los seres humanos. Patty, como la llamaban sus seres más próximos, prefirió los gatos a las personas, y durante una época de su vida se decantó por la compañía de unos caracoles a los que gustaba contemplar mientras se apareaban babeantes.
¡Claro que Patty amó a muchas mujeres! En su lista de amores están Virginia Kent, la millonaria alcohólica; Kathleen Senn, en la que se basó para construir el personaje de Carol; Ellen Hill, su compañera de viajes por México, Italia y Francia; Marion Aboudaram, su joven amante de noches de borrachera; o Tabea Blumenschein, actriz alemana de películas lésbicas de estética punk. Amores confesados y amores perdidos por su incapacidad de querer. Amar es otra cosa. "Mi imaginación funciona mucho mejor cuando no tengo que hablar con la gente", escribió. Y ante una misoginia latente debidamente escenificada en su libro 'Pequeños cuentos misóginos', Patty prefirió la compañía de seres primarios como los gatos, sin una doble moral, a unos iguales que la obligaban a comprometerse más allá de lo que tarda en evaporarse el alcohol de un vaso de whisky.
Mary Patricia Plangman, su nombre verdadero, nació en Fort Worth (Texas) el 19 de enero de 1921, semanas después de que sus padres se divorciaran. Criada por su abuela Willi Mae, Patty nunca sintió el afecto de una madre que le confesó que había intentado malograr su nacimiento bebiendo aguarrás. Casada en segundas nupcias con Stanley Highsmith, Mary Coates sacó a su hija de su apacible vida en Texas y se la llevó a vivir a Nueva York, con idas y venidas constantes a Fort Worth, su pueblo natal. Ante una realidad compleja, una relación de amor-odio con su progenitora y su padrastro que jamás llegó a superar en su psicología, la joven Highsmith encontró en los libros el universo en el que ocultarse de la sociedad. De sus primeras lecturas siempre quiso recordar el libro de Karl Menninger 'La mente humana', las novelas de Sherlock Holmes y los cuentos de Edgar Allan Poe.
El virus de lo oscuro empezaba a expandirse por sus órganos más proclives a caer en brazos del sentimentalismo. Una pasión por la lectura que pronto quiso trasladar a la escritura. Sus primeros textos serían temáticamente el germen de los escritos por los que, años más tarde, sería bautizada por Graham Greene como "la poeta de la aprensión". El pesimismo, la ilusoria felicidad, el otro yo calculador, cruel y amoral de un ser humano obligado a vivir mostrando una sola cara de la verdad, formarían parte de sus oraciones diarias.
Tras estudiar Filología inglesa, Zoología, dramaturgia, latín y griego en el Barnard College, Highsmith empezó a trabajar como guionista de cómics para algunas empresas, entre ellas Timely, la futura Marvel. Un hecho curioso es que en esa época le fuera concertado un encuentro amoroso con Stan Lee que, por supuesto, no llegó a buen puerto. Como escribe Joan Schenkar, "dejaron escapar la gran oportunidad de que el antihéroe Tom Ripley saliera con el héroe Spiderman". A pesar de su dedicación profesional a los guiones, Highsmith siguió escribiendo relatos e hilvanando ideas que acabarían convirtiéndose con el paso del tiempo en las novelas que le dieron popularidad.
El 23 de junio de 1947 empezó a escribir 'Extraños en un tren'. La novela se publicaría en 1950, y su conversión al celuloide de la mano de Alfred Hitchcock le dio la fuerza para afrontar en 1951 una de sus novelas más reivindicativas, 'El precio de la sal', una historia que mostraba sin tabúes un amor homosexual. A pesar de la prohibición de su editora, Highsmith decidió seguir adelante con la publicación del libro bajo el pseudónimo Claire Morgan. Vendió un millón de copias, y su determinación se vio recompensada con la reedición de la obra en 1991 con su título original, 'Carol', y el nombre de Patricia Highsmith en la portada. Con estas dos novelas empezaría un exitoso camino literario que la convertiría en una 'outsider' a pesar del éxito.
Patricia Highsmith murió en el hospital de Locarno en 1995 consumida por el cáncer y el alcohol. Que muriera en una localidad suiza no es por accidente. Pocos llegan a ser profetas en su propia tierra, y la buena de Pat no lo fue. La crueldad de sus novelas y el pesimismo con el que mostraba un 'american way of life' a menudo pintado de un color áureo por los White Anglo-Saxon Protestant, sus personajes como antítesis de lo moralmente correcto en una nación que se presentaba como el paradigma de la libertad mientras lanzaba bombas de napalm sobre territorios sospechosos, y sobre todo, unas ideas políticas cercanas al comunismo frontalmente contrarias a los tentáculos del McCarthysmo, a lo que se sumaba una vida sexual opuesta a las doctrinas del protestantismo, fueron elementos demasiado consistentes para que sus novelas y relatos no tuvieran una fría acogida. Como a tantos escritores 'outsiders' y talentosos, Francia le abrió las puertas tras ganar con 'El Talento de Mr. Ripley' el Gran Premio de Literatura Policíaca. No hay como vivir en Europa para saborear el aroma de un Gauloises, sus cigarrillos favoritos, mientras esperas a que algún día el Ministerio de Cultura de Francia te galardone con de la Orden de las Artes y las Letras de manos de un ministro con el porte intelectual de Jacques Lang.
Highsmith nos abandonó hace 20 años y ha vagado, como tantos autores fallecidos, por el purgatorio a la espera del juicio final. Una espera que le ha permitido, de vez en cuando, volver a la tierra disfrazada de ángel caído. Durante su juicio, se la ha criticado por su estilo economicista y por la fragilidad de las tramas de algunas de sus novelas. Pero por encima de lo criticable por parte de unos pocos profesionales en desmitificaciones, predomina su poder como novelista para convertir el mal en un juego psicológico protagonizado por unos personajes -marginales, marginados y marginadores- ambiguos hasta lo obsceno, turbios como la cerveza acabada de tirar, antihéroes de un mundo cuya única vía de escape es una escalera por la que trepar siguiendo el rastro del dinero. Los que quieran convencerse de que la especie más despreciable de este mundo es la humana, están de enhorabuena. A dos décadas de su muerte, los valores literarios de Pat vuelven a estar en alza.
Dos películas, una recién estrenada basada en su obra 'Las dos caras de enero', y otra en fase de producción dirigida por Todd Haynes basada en la novela 'Carol', son la prueba forense de que la obra de Highsmith está en proceso de beatificación. Y ante la perspectiva de un nuevo resurgir de una escritora que tuvo en vida la lealtad de millones de lectores y el desprecio de muchos por un carácter tormentoso a la altura de otro gran talento alcohólico y genial,Charles Bukowski, la editorial Anagrama prepara el lanzamiento de la obra completa de "la poeta de la aprensión". 'Extraños en un tren' (1949), 'Carol' (1952), 'El cuchillo' (1954), 'El talento de Ripley' (1955), 'Mar de fondo' (1957), 'Un juego para los vivos' (1958), 'Ese dulce mal' (1960), 'El grito de la lechuza' (1962), 'Las dos caras de enero' (1964), 'La celda de cristal' (1964), 'Crímenes imaginarios' (1965), 'Cómo se escribe una novela de intriga' (1966), 'El juego del escondite' (1967), 'El temblor de la falsificación' (1969), 'Once' (1970), 'La máscara de Ripley' (1970), 'Rescate por un perro' (1972), 'El juego de Ripley' (1974), 'Pequeños cuentos misóginos' (1974), 'Crímenes bestiales' (1975), 'El diario de Edith' (1977), 'A merced del viento' (1979), 'Tras los pasos de Ripley' (1980), 'La casa negra' (1981), 'Gente que llama a la puerta' (1983), 'Sirenas en el campo de golf' (1985), 'El hechizo de Elsie' (1986), 'Catástrofes' (1987), 'Small g, un idilio de verano' (1995), 'Los cadáveres exquisitos' (1995). La lista es extensa. Libros de relatos, novelas, ensayos... A los lectores se le vuelve a brindar la posibilidad de adentrarse en el mundo de una autora adicta a un pesimismo que desemboca en una perversión nada confortable.
"Patricia Highsmith ha creado un mundo original, cerrado, irracional, opresivo, donde no penetramos sino con un sentimiento personal de peligro y casi a pesar nuestro, pues tenemos enfrente un placer mezclado con escalofrío". Palabras de un maestro como Graham Greene.

miércoles, 16 de abril de 2014

PRENSA. "Shakespeare, el mayor inspirador". Javier Marías

   En "El País":

Shakespeare, el mayor inspirador

Fuente inagotable de fertilidad literaria, el dramaturgo y poeta inglés sigue siendo el escritor que corre más por las venas de los autores del presente

Un estímulo que alimentan novelas, películas o series de televisión

Aunque su nacimiento fue registrado el 26 de abril de 1564, habría nacido entre el 19 y el 25 del mismo mes

agustín sciammarella
Sé de numerosos escritores que leyeron a los más grandes en su temprana juventud —quizá cuando sólo eran lectores— y luego jamás vuelven a ellos. En parte lo entiendo: resulta desalentador, disuasorio, incluso deprimente, asomarse a las páginas más sublimes de la historia de la literatura. “Existiendo esto”, se dice uno (yo el primero), “¿qué sentido tiene que llene folios con mis tonterías? No sólo nunca alcanzaré estas alturas o esta profundidad, sino que en realidad es superfluo añadir ni una letra. Casi todo se ha dicho ya, y además de la mejor manera posible”. Hay escritores, por tanto, que para sobrevivir como tales y encontrar el ánimo para pasar meses o años ante el ordenador o la máquina, necesitan fingir que no han existidoShakespeare ni Cervantes ni Dante ni Proust, ni Faulkner ni Montaigne ni Conrad ni Hölderlin ni Flaubert ni James, ni Dickens ni Baudelaire ni Eliot ni Melville ni Rilke, ni muchos más seguramente. Lo último que se les ocurre es regresar a sus textos, al menos mientras trabajan, porque el pensamiento consecuente suele ser: “Mejor me quedo callado y no doy a las exhaustas imprentas otra obra más: ya hay demasiadas, y la mayoría están de sobra. Por cálculo de probabilidades, sin duda las mías también”. Para quienes estamos en activo la frecuentación de los clásicos puede ser más paralizante y esterilizadora que nuestros mayores pánicos e inseguridades, y créanme que, excepto los muy soberbios (los hay, los hay), no hay novelista ni poeta que no se vea asaltado por ellos, antes, durante y después de la escritura.
Su grandeza y misterio me invitan a escribir,
me espolean,
incluso me dan ideas
Quizá por esa extendida evitación sorprende un poco —quizá por eso se me haya solicitado esta pieza— que alguien como yo, todavía en activo y más o menos contemporáneo, esté en permanente contacto (sería presuntuosa la palabra “diálogo”) con el más intimidatorio de cuantos escritores han sido, Shakespeare, hasta el punto de incorporarlo a menudo a mis propios textos, en los que lo cito, lo comento, lo parafraseo; está presente en muchos de ellos. De hecho le debo tanto que seis títulos de libros míos son citas o “adaptaciones” de Shakespeare, y aún pueden ser siete si la novela que acabo de terminar conserva finalmente el provisional que la ronda. No es que desconozca esa admiración desalentadora, ese estupor disuasorio que producen los más grandes autores, al lado de los cuales uno siempre se siente un iluso o un fatuo. Vivimos en una época en la que el deslumbramiento por los vivos está casi descartado, porque está más vigente que nunca aquel viejo lema, creo que medieval: “Nadie es más que nadie”. Cada vez está más generalizada la negativa a reconocer la “superioridad” de nadie en ningún campo (salvo en el deportivo), y hoy sería poco imaginable la reacción del narrador de El malogrado, de Thomas Bernhard, quien abandona su carrera pianística al coincidir con Glenn Gould y darse cuenta de que, por competente que llegara a ser, jamás se aproximaría al talento y al virtuosismo del intérprete canadiense. Cualquier artista actual está obligado a suprimir —o a silenciar, al menos— la admiración por sus colegas vivos, más aun si son compatriotas suyos o escriben en la misma lengua. Incluso hemos llegado a un punto en el que, para sobrevivir, también hace falta desacreditar a los muertos —qué molestia son, qué incordio, cómo nos hacen sombra, cómo subrayan nuestras deficiencias y nuestra mediocridad—; o, si no tanto, hacer caso omiso de ellos y desde luego rehuirlos. No son escasos los literatos que hoy afirman no haber leído apenas —ya les trae cuenta— y tener como referencias únicas el cine, la televisión, los cómics o los videojuegos. El propio, posible talento con las palabras no se ve amenazado si uno ignora lo que otros lograron con ellas.
Supongo que, en este mundo temeroso y mezquino, mi actitud es anacrónica. Frecuento a Shakespeare porque para mí es una fuente de fertilidad, un autor estimulante. Lejos de desanimarme, su grandeza y su misterio me invitan a escribir, me espolean, incluso me dan ideas: las que él sólo esbozó y dejó de lado, las que se limitó a sugerir o a enunciar de pasada y decidió no desarrollar ni adentrarse en ellas. Las que no están expresas y uno debe “adivinar”. Por eso he hablado de misterio: Shakespeare, entre tantísimas otras, posee una característica extraña; al leérselo o escuchárselo, se lo comprende sin demasiadas dificultades, o el encantamiento en que nos envuelve nos obliga a seguir adelante. Pero si uno se detiene a mirar mejor, o a analizar frases que ha comprendido en primera instancia, se percata a menudo de que no siempre las entiende, de que resultan enigmáticas, de que contienen más de lo que dicen, o de que, además de decir lo que dicen, dejan flotando en el aire una niebla de sentidos y posibilidades, de resonancias y ecos, de ambigüedades y contradicciones; de que no se agotan ni se acaban en su propia formulación, ni por lo tanto en lo escrito.
En mis novelas he puesto ejemplos: “It is the cause, it is the cause, my soul” (“Es la causa, es la causa, alma mía”), así inicia Otelo su famoso monólogo antes de matar a Desdémona. El lector o el espectador leen o escuchan eso tranquilamente por enésima vez, lo comprenden. Y sin embargo, ¿qué demonios quiere decir? Porque Otelo no dice “She is the cause” ni “This is the cause” (“Ella es la causa” o “Esta es la causa”), que resultarían más claros y más fáciles de entender. O cuando a Macbeth le comunican la muerte de Lady Macbeth, murmura: “She should have died hereafter” (“Debería haber muerto más adelante”, más o menos). ¿Y eso qué significa —esa célebre frase—, cuando la situación es ya desesperada y el propio Macbeth morirá en seguida? También Lady Macbeth, tras empaparse las manos con la sangre del Rey Duncan que su marido ha asesinado, vuelve a este y le dice: “My hands are of your color; but I shame to wear a heart so white” (“Mis manos son de tu color; pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco”). No se sabe bien qué significa ahí “blanco”, si inocente y sin mácula, si pálido, asustado o cobarde. Por mucho que ella quiera compartir el sino de Macbeth, ensangrentándose las manos, lo cierto es que la asesina no ha sido ella, o sólo por inducción, instigación o persuasión. Su marido es el único que se ha manchado el corazón de veras.
Son ejemplos de los que me he valido en el pasado. Pero hay centenares más. (“¡Ojalá fuera tan grande como mi pesar, o más pequeño mi nombre! ¡Ojalá pudiera olvidar lo que he sido, o no recordar lo que ahora debo ser!”, dice Ricardo II en su hora peor). Las historias de Shakespeare rara vez son originales, rara vez de su invención. Es una prueba más de lo secundario de los argumentos y de la importancia del tratamiento. Es su verbo, es su estilo, el que abre brechas por las que otros nos podemos atrever a asomarnos. Señala sendas recónditas que él no exploró a fondo y por las que nos tienta a aventurarnos. Quizá por eso sigue siendo el clásico más vivo, al que se adapta y representa sin cesar; el que sobrevuela películas y series de televisión oceánicas como El señor de los anillos, Los Soprano, El padrino o Juego de tronos, o más superficialmente House of Cards. A él sí osamos volver. No sólo yo, desde luego, aunque en mi caso no haya la menor ocultación. Lo reconozcan o no otros autores, a los cuatrocientos cincuenta años de su nacimiento y a los trescientos noventa y ocho de su muerte, Shakespeare sigue siendo el que corre más por nuestras venas y el mayor inspirador de nuestros balbuceos.En mis novelas he puesto ejemplos: “It is the cause, it is the cause, my soul” (“Es la causa, es la causa, alma mía”), así inicia Otelo su famoso monólogo antes de matar a Desdémona. El lector o el espectador leen o escuchan eso tranquilamente por enésima vez, lo comprenden. Y sin embargo, ¿qué demonios quiere decir? Porque Otelo no dice “She is the cause” ni “This is the cause” (“Ella es la causa” o “Esta es la causa”), que resultarían más claros y más fáciles de entender. O cuando a Macbeth le comunican la muerte de Lady Macbeth, murmura: “She should have died hereafter” (“Debería haber muerto más adelante”, más o menos). ¿Y eso qué significa —esa célebre frase—, cuando la situación es ya desesperada y el propio Macbeth morirá en seguida? También Lady Macbeth, tras empaparse las manos con la sangre del Rey Duncan que su marido ha asesinado, vuelve a este y le dice: “My hands are of your color; but I shame to wear a heart so white” (“Mis manos son de tu color; pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco”). No se sabe bien qué significa ahí “blanco”, si inocente y sin mácula, si pálido, asustado o cobarde. Por mucho que ella quiera compartir el sino de Macbeth, ensangrentándose las manos, lo cierto es que la asesina no ha sido ella, o sólo por inducción, instigación o persuasión. Su marido es el único que se ha manchado el corazón de veras.

PRENSA. Sobre Shakespeare: "Notas para un ADN". Marcos Ordóñez

   En "El País":

Notas para un ADN

Shakespeare era un hombre de teatro, un hombre que encontró su lugar en una familia de cómicos

Aunque su nacimiento fue registrado el 26 de abril de 1564, habría nacido entre el 19 y el 25 del mismo mes

Simon Russell Beale (derecha), en la nueva producción de Sam Mendes de 'El Rey Lear' para el National Theatre de Londres.
“Nadie fue tantos hombres como aquel hombre, que a semejanza del egipcio Proteo pudo agotar todas las apariencias del ser”, dijo Borges sobre él en Everything and nothing. Shakespeare, esa esponja absoluta.
Sus ojos, sus orejas, su imaginación estaban siempre alerta. Absorbía todo, la vida de la calle, los conflictos religiosos y políticos, lo que se había escrito hacía varios siglos y lo que se estaba escribiendo en una taberna cercana. Como señaló Brook, sus obras se dirigían al público que buscaba entretenimiento, a los que anhelaban los alcoholes fieros de la emoción o la poesía, a los interesados en la psicología, la realidad social, la metafísica. En sus obras está todo eso al mismo tiempo. Entendía a los hombres y a las mujeres, a los jóvenes y a los viejos, a los reyes y a los mendigos. Entendía el amor y el odio en todas sus manifestaciones, bajo todas sus máscaras. Su panoplia de retratos cubre cualquier sentimiento humano. Y la naturaleza en todo su esplendor, las flores más humildes, huesos vueltos coral, grandes cataclismos. Una constante parece repetirse en la mayoría de sus obras: la fascinación por el poder y sus engranajes. Es el espejo más completo que podemos imaginar, porque refleja también lo que los personajes no se atreven a ver.
Escribía para sus actores. Escribía para la corte y escribía para el pueblo. El escenario desnudo le permitió una libertad absoluta, porque despertaba su imaginación y la del público. Parecía convencido (o así lo demostró) de que todo, absolutamente todo, podía llevarse al escenario: ahí queda, quizás irónico pero también desafiantemente real, el “Sale, perseguido por un oso” de Cuento de invierno. Saltos de tiempo y espacio, páramos del norte, grandes batallas, la antigua Roma, bosques habitados por la magia. Nadie igualó en el teatro su ambición narrativa ni la amplitud de su mirada.
Le benefició, como a todos los autores isabelinos, que los teatros se establecieran extramuros, en las llamadas liberties: la zona de las leproserías, los patíbulos, los burdeles, donde sus obras, lejos del poder municipal, podían jugar con el escándalo. En España, en cambio, los corrales solían estar en el centro de las ciudades; dependían de cofradías, Ayuntamientos, y, en última instancia, quedaban bajo la supervisión directa del poder real en la persona del Protector de los Hospitales, miembro del Consejo de Castilla. Quizás ese dato explique algunas diferencias. La diferencia última (también entre isabelinos, claro) es el puro genio.
Heredó una forma estricta, el pentámetro yámbico, y lo hizo resonar, vivo, humano, flexible. El pentámetro le marcó un ritmo, un patrón. Peter Hall señala que no escribía palabras sino líneas, y esas líneas marcan, sin indicaciones expresas, cómo el actor ha de decirlas, cómo ha de respirarlas, dónde están las pausas, dónde los galopes. Sus obras son partituras extraordinarias, concebidas para la interpretación. Demuestran, por si hiciera falta, que WS era un hombre de teatro, un hombre que encontró su lugar en una familia de cómicos y para ellos escribió poesía dramática. Lo teatral es su esencia, desde la noción central, tan cara al barroco, de que el mundo es un escenario, hasta esos personajes que representan un papel conscientemente: Hamlet, Yago, Ricardo III.
Como se dice de los mejores toreros, era un “completo”: dominaba todas las suertes. Su originalidad no reside en sus tramas, la mayoría de las cuales procedían de textos ajenos o crónicas históricas: quizás sus dos únicas historias “originales” sean La tempestad y El sueño de una noche de verano. Lo original era lo que hacía con ese material ajeno. Su estilo, su reescritura. Su virtuosismo lingüístico, su imaginación. La amplitud de su arco tonal. Su gusto por el detalle. Su forma de pasar de lo épico a lo íntimo en la misma escena. De escribir comedias terriblemente melancólicas. O tragedias sin lección moral clara, salvo que nosotros somos los responsables de nuestro destino, que no es poca enseñanza. O de reflejar, en todas sus obras históricas, la tensión fundamental entre vidas privadas y acontecimientos públicos. En la etapa final de su vida reelabora viejos (¿o eternos?) temas y ensaya una nueva forma, el romance escénico, en el que cabe todo: comedia, tragedia, magia, leyenda, melodrama, pastoral, relato fantástico. Parecía reinventar el teatro a cada nueva obra.
La noción de realidad es muy poderosa en Shakespeare. La sensación de que los personajes son reales (sufren, ríen, comen, sangran) es absoluta. Puede hacernos volar muy alto con su poesía, pero nunca pierde de vista la toma de tierra. Hay un naturalismo muy profundo en las acciones. Y también, claro, en el lenguaje. No me imagino a otro autor de su época haciéndole decir a Lear en su agonía, en mitad de una tirada poética, la frase “Por favor, desabróchame este botón”. Y, por otra parte, sus grandes personajes son inabordables: hay un misterio que siempre se escapa, siempre se escapará. No hay forma de apurar a Hamlet, Lear, Yago, Falstaff. Ni de encerrar en una definición a Rosalinda, Hermione, Cleopatra, Isabella, Viola, Beatrice. O a Ricardo II, esa gran reina.
Nunca sabremos lo que pensaba porque su teatro no toma partido: muestra. Como si nos dijera: “Esto es así, pero también puede ser de esta otra forma: como gustéis”. Para unos será conservador, para otros revolucionario. O ambas cosas. En sus textos orden y caos giran en una eterna rueda, al igual que el amor y su locura. Como bien dijo Richard Eyre, “lo que Shakespeare creía es la suma de sus obras, y no entender eso es no entender la naturaleza de todo dramaturgo”.

domingo, 23 de febrero de 2014

PRENSA. "La casa de Boccacio". Mario Vargas Llosa

   En "El País":

La casa de Boccaccio

PIEDRA DE TOQUE. Los cuentos del ‘Decamerón’, quizá escritos en el pueblecito de Certaldo, donde nació el escritor, inventan la prosa narrativa italiana e inauguran la riquísima tradición del cuento en Occidente

El pueblecito toscano de Certaldo conserva sus murallas medievales, pero la casa donde hace siete siglos nació Giovanni Boccaccio fue bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial. Ha sido reconstruida con esmero y desde su elevada terraza se divisa un paisaje de suaves colinas con olivares, cipreses y pinos que remata, en una cumbre lejana, con las danzarinas torres de San Gimignano.
Lo único que queda del ilustre polígrafo es una zapatilla de madera y piel carcomida por el tiempo; apareció enterrada en un muro y acaso no la calzó él sino su padre o alguno de los sirvientes de la casa. Hay una biblioteca donde se amontonan los centenares de traducciones del Decamerón a todas las lenguas del mundo y vitrinas repletas con los estudios que se le dedican. El pueblecito es una joya de viviendas de ladrillos, tejas y vigas centenarias, pero minúsculo, y uno se pregunta cómo se las arregló el señor Boccaccio papá para, en lugar tan pequeño, convertirse en un mercader tan próspero. Giovanni era hijo natural, reconocido más tarde por su progenitor y se ignora quién fue su madre, una mujer sin duda muy humilde. De Certaldo salió el joven Giovanni a Nápoles, a estudiar banca y derecho, para incrementar el negocio familiar, pero allí descubrió que su vocación eran las letras y se dedicó a ellas con pasión y furia erudita. Eso hubiera sido sin la peste negra que devastó Florencia en 1348: un intelectual de la elite, amante de los clásicos, latinista, helenista, enciclopédico y teólogo.
Tenía unos 35 años cuando las ratas que traían el virus desde los barcos que acarreaban especias del Oriente, llegaron a Florencia e infectaron la ciudad con la pestilencia que exterminó a 40.000 florentinos, la tercera parte de sus habitantes. La experiencia de la peste alejó a Boccaccio de los infolios conventuales, de la teología y los clásicos griegos y latinos (volvería años más tarde a todo ello) y lo acercó al pueblo llano, a las tabernas y a los dormideros de mendigos, a los dichos de la chusma, a su verba deslenguada y a la lujuria y bellaquerías exacerbadas por la sensación de cataclismo, de fin del mundo, que la epidemia desencadenó en todos los sectores, de la nobleza al populacho. Gracias a esta inmersión en el mundanal ruido y la canalla con la que compartió aquellos meses de horror, pudo escribir el Decamerón, inventar la prosa narrativa italiana e inaugurar la riquísima tradición del cuento en Occidente, que prolongarían Chaucer, Rabelais, Poe, Chéjov, Conrad, Maupassant, Chesterton, Kipling, Borges y tantos otros hasta nuestros días.
Gracias a esos relatos irreverentes y geniales se convirtió en un escritor inmensamente popular
No se sabe dónde escribió Boccaccio el centenar de historias del Decamerón entre 1348 y 1351 —bien pudo ser aquí, en su casa de Certaldo, donde vendría a refugiarse cuando las cosas le iban mal—, pero sí sabemos que, gracias a esos cuentos licenciosos, irreverentes y geniales, dejó de ser un intelectual de biblioteca y se convirtió en un escritor inmensamente popular. La primera edición del libro salió en Venecia, en 1492. Hasta entonces se leyó en copias manuscritas que se reprodujeron por millares. Esa multiplicación debió de ser una de las razones por las que desistió de intentar quemarlas cuando, en su cincuentena, por un recrudecimiento de su religiosidad y la influencia de un fraile cartujo, se arrepintió de haberlo escrito debido al desenfado sexual y los ataques feroces contra el clero que contiene el Decamerón. Su amigo Petrarca, gran poeta que veía con desdén la prosa plebeya de aquellos relatos, también le aconsejó que no lo hiciera. En todo caso, era tarde para dar marcha atrás; esos cuentos se leían, se contaban y se imitaban ya por media Europa. Siete siglos más tarde, se siguen leyendo con el impagable placer que deparan las obras maestras absolutas.
En la veintena de casitas que forman el Certaldo histórico —un palacio entre ellas— hay una pequeña trattoria que ofrece, todas las primaveras, “El suntuoso banquete medieval de Boccaccio”, pero, como es invierno, debo contentarme con la modesta ribollita toscana, una sopa de migas y verdura, y un vinito de la región que rastrilla el paladar. En los carteles que cuelgan de las paredes de su casa natal, uno de ellos recuerda que, en la década de 1350 a 1360, entre los mandados diplomáticos y administrativos que Boccaccio hizo para la Señoría florentina, figuró el que debió conmoverlo más: llevar de regalo diez florines de oro a la hija de Dante Alighieri, Sor Beatrice, monja de clausura en el monasterio de Santo Stefano degli Ulivi, en Rávena.
Descubrió a Dante en Nápoles, de joven, y desde entonces le profesó una admiración sin reservas por el resto de la vida. En la magnífica exposición que se exhibe en estos días en la Biblioteca Medicea Laurenziana de Florencia —Boccaccio: autore e copista—, hay manuscritos suyos, de caligrafía pequeñita y pareja, copiando textos clásicos o reescribiendo en 1370, de principio a fin, veinte años después de haberlas escrito, las mil y pico de páginas del Decamerón que poco antes había querido destruir (era un hombre contradictorio, como buen escritor). Allí se ve a qué extremos llegó su pasión dantesca: copió tres veces en su vida la Comedia y una vez la Vita Nuova, para difundir su lectura, además de escribir la primera biografía del gran poeta y, por encargo de la Señoría, dictar 59 charlas en la iglesia de Santo Stefano di Badia explicando al gran público la riqueza literaria, filosófica y teológica del poema al que, gracias a él, comenzó a llamarse desde entonces “divino”.
Descubrió a Dante en Nápoles, de joven, y desde entonces le profesó una admiración sin reservas
En Certaldo se construyó hace años un jardín que quería imitar aquel en el que las siete muchachas y los tres jovencitos del Decamerón se refugian a contarse cuentos. Pero el verdadero jardín está en San Domenico, una aldea en las colinas que trepan a Fiesole, en una casa, Villa Palmieri,que todavía existe. De ese enorme terreno se ha segregado la Villa Schifanoia, donde ahora funciona el Instituto Universitario Europeo. Aquí vivió en el siglo XIX el gran Alejandro Dumas, que ha dejado una preciosa descripción del lugar. Nada queda, por cierto, de los jardines míticos, con lagos y arroyos murmurantes, cervatillos, liebres, conejos, garzas, y del soberbio palacio donde los diez jóvenes se contaban los picantes relatos que tanto los hacían gozar, descritos (o más bien inventados) por Boccaccio, pero el lugar tiene siempre mucho encanto, con sus parques con estatuas devoradas por la hiedra y sus laberintos dieciochescos, así como la soberbia visión que se tiene aquí de toda Florencia. De regreso a la ciudad vale la pena hacer un desvío a la diminuta aldea medieval de Corbignano, donde todavía sobrevive una de las casas que habitó Boccaccio y en la que, al parecer, escribió el Ninfale fiesolano; en todo caso, muy cerca de ese pueblecito están los dos riachuelos en que se convierten Africo y Mensola, sus personajes centrales.
Todo este recorrido tras sus huellas es muy bello pero nada me emocionó tanto como seguir los pasos de Boccaccio en Certaldo y recordar que, en este reconstruido local, pasó la última etapa de su vida, pobre, aislado, asistido sólo por su vieja criada Bruna y muy enfermo con la hidropesía que lo había monstruosamente hinchado al extremo de no poder moverse. Me llena de tristeza y de admiración imaginar esos últimos meses de su vida, inmovilizado por la obesidad, dedicando sus días y noches a revisar la traducción de la Odisea —Homero fue otro de sus venerados modelos— al latín hecha por su amigo el monje Leoncio Pilato.
Murió aquí, en 1375, y lo enterraron en la iglesita vecina de los Santos Jacobo y Felipe, que se conserva casi intacta. Como en el Certaldo histórico no hay florerías, me robé una hoja de laurel del pequeño altar y la deposité en su tumba, donde deben quedar nada más que algunos polvillos del que fue, y le hice el más rápido homenaje que me vino a la boca: “Gracias, maestro”.
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© Mario Vargas Llosa, 2014.

domingo, 29 de septiembre de 2013

PRENSA. "Vargas Llosa sobre 'El Decamerón' y sobre la literatura

Mario Vargas Llosa

   En "El País" (ALGUNOS FRAGMENTOS DEL ARTÍCULO, REFERENTES A LA LITERATURA):
 Segovia 29 SEP 2013
A sus 77 años, el Premio Nobel Mario Vargas Llosa confiesa que le queda poco tiempo, mucho menos de lo que le falta por escribir, y al hablar de proyectos relata la adaptación que está haciendo para el teatro de El Decamerón, de Bocaccio, lo que le hace profundizar en la necesidad de la literatura, entendida como motor del desarrollo, del espíritu crítico del ser humano e ingrediente de la libertad.
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La fuerza del mensaje fue creciendo en el diálogo con un público entregado, que guardó colas para entrar a la sala y para luego recoger la firma de su autor favorito, hasta llegar a su trabajo en torno al Decamerón. El autor de La ciudad y los perros ve en esta obra la esencia de la literatura, impresionado por la situación original de la historia en torno a la llegada de la peste a Florencia, en el siglo XIV, con la ciudad llena de enfermos y cadáveres, cuando un grupo decide escapar hacia el imaginario.
Con esta adaptación, el Nobel de Literatura 2010 ve claro que, cuando todo parece imposible, siempre hay un recurso para la fantasía y para la imaginación. “Por eso hay literatura, para hacernos vivir aquello que no podemos en la vida real”, añadió, mientras hacía un canto al arte de escribir: “La literatura nos permite vivir otras vidas, salir de una cosa reducida, mediocre e identificarnos con destinos extraordinarios, que rompen la normalidad, que nos hacen vivir pasiones incandescentes, que nos convierten en seres aventureros, que nos hacen vivir la grandeza, el heroísmo, la maldad a veces…”.
Y esa “magia” de convertir la realidad en ficción, para vivir mejor, más intensamente, más de lo que podemos vivir como personas, ha sido el gran motor del progreso y del desarrollo humano, y sin ella nunca hubiéramos salido de las cavernas, concluyó Vargas Llosa, después de subrayar: “La ficción nos hace presentir que hay vidas muy superiores a las que podemos vivir en la realidad, crea un malestar frente al mundo tal y como es, lo que se llama el espíritu crítico”. Y con la literatura, según el autor peruano, no solo nos divertimos, mantenemos vivo el mecanismo que impide que la sociedad se congele y se vuelva un mundo de seres resignados; es un ingrediente inseparable de la libertad humana.
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